El eclipse de una estrella

              Esta es la historia de una estrella- le decía su padre a María- una estrella sensible e intrépida como tú, que vivía muy feliz en el firmamento,  que , aunque no era un cielo tan azul como el que tu y yo vemos, era su mundo, un mundo lleno de seres y recuerdos queridos; decidida a arriesgar ese mundo plácido y aburrido, ese mundo que no se valora hasta que no se pierde, quiso satisfacer su curiosidad, y guiada por ese deseo, se acercó a los hombres, que le parecían los seres más sabios e interesantes de este planeta, valiente equivocación…y creyó, pobre ignorante, que le enseñarían el secreto de la felicidad.

 

             Estos, al verla tan cerca y tan brillante, pensaron que era más valiosa que el resto y que su luz les ayudaría no a ser mejores, sino a tener un poder vitalicio sobre sus semejantes, a domesticar su inteligencia, doblegar sus voluntades, arrinconar sus esperanzas, podar sus sueños, enjaular su libertad,…. en fin, a controlar sus vidas. Y es que la mayoría de los hombres no aspiran a ser ricos, sino a tener poder y no un poder económico, sino un poder de decisión sobre las vidas ajenas. En aquel momento y gracias a poseer un tesoro tan codiciado, pensaron que serían eternos e invencibles, como los dioses y que gozarían de sus privilegios…y el resto les envidiaría porque sólo ellos llegarían a brillar como ella, más joven que el sol, y “divinos de la muerte”, tendrían una reserva en el cielo para siempre, que les autorizaba a decidir sobre “el modus vivendi en la tierra”, sobre la suerte de sus paisanos.

 

             A veces, – le comentaba a su hija mientras su mano discurría por aquellos rizos negros y su mente por otros páramos bien distintos- la fama no transforma a las personas, mas bien , lo que cambia es la aptitud de aquellas personas que rodean a los famosos.

 

          Así, la estrella, en un principio, pensó que aquello no era justo, incluso que era un atropello, una infamia, pero….¡quién  se resiste a los halagos!…, en cuanto escuchó tantas adulaciones y se contempló el ombligo tres veces en aquel universo de colágeno y silicona, todos los buenos principios, acumulados durante siglos, se vinieron abajo…y, vanidosa como cualquiera, se dejó seducir por las luces de neón, los aplausos, las fotos de las revistas del corazón…y vivió en el séptimo cielo sin ningún deseo de aterrizar…¡ a ver a quién le amarga un dulce!.  Está  visto que todo el mundo aspira a trepar  por la caja boba y saltar del anonimato a la envidia ajena. Y así, llevada de fiesta en fiesta, llegó a creerse todas las etiquetas con las que le regalaron la oreja, mientras hacían uso de su imagen- exclusivo, superior, único, vitalicio, genio- y se lo creyó todo, porque nada gusta tanto como que hablen de uno, aunque sea mal. Y se olvidó de dónde  venía y de quién era y alquiló una conciencia nueva, acorde con el nuevo modelo de gafas y diseñó anuncios tan sólo con su presencia y disparó las ventas y le llovían invitaciones mientras firmaba autógrafos y se nombró a sí mismo Astro, porque le pareció más acorde con su nueva personalidad.

 

          Pasó el tiempo y un día su luz comenzó a perder intensidad, pero el, que no sabía de contratiempos, ni de malas jugadas del destino, lo solucionó con un maquillaje nuevo, acorde a las circunstancias, como los políticos. Luego, en vista de que aquello no mejoraba, se hizo la cirugía plástica, porque es muy doloroso “apearse de la burra”. Así, “cuesta abajo y sin freno”, fue pasando por los días: observando  con nostalgia aquel

mundo que se le escapaba de las manos, que le empujaba al vacío, al anonimato.  Entonces suspiró comprendiendo que lo difícil no es llegar, sino mantenerse y que la diferencia que marca a  los hombres esta en  la capacidad de respuesta que éstos le dan a ese pulso que les echa la fama a unos pocos y la miseria que les corroe al resto.

 

          Al cabo de un año, todos contemplaron un lucero que, durante la noche, espía el alma de las casas y se engalana para que la luna no se crea la dueña y señora de esas vidas anónimas que pisan y encumbran a los duendes cuando éstos se escapan  de la rutina y protagonizan los cuentos que nos vendieron siendo niños, porque él, que ha vivido las mieles y las hieles del éxito, piensa seguir allí, hasta el fin de sus días, luchando, sin darle opción al miedo.

 

          María, con esa sonrisa condescendiente y magnánima que regalan los niños cuando tienen que perdonarte la vida, le propinó un tirón de orejas,  no sólo como toque de atención, sino también como despertador de esa trampa que él se tendía cada día, y con la paciencia de los que se saben incomprendidos, le recriminó cariñosamente: papá, no me engañes, tu sigues siendo un sol.

         A Tito, con los ojos llenos de lágrimas, no le costó mucho trabajo compartir con su chiquilla, ese cuento de la infancia por el que trepaba cada noche para que aquel niño no le dejara envejecer y le ayudara a renovarse, pues digerir los cuarenta es harto difícil

y sobre todo cuando la vida no es tan  generosa ni tan condescendiente como en la juventud. Besó a su niña y aquella noche soñaron juntos.

 

          No muy lejos de aquel lugar, otro niño, que más bien parecía un duende en bicicleta, pintaba pompas en el aire soñando con  viajar a otros mundos en un ala delta , mientras escuchaba  la historia que su madre recreaba para él en aquel barco de vapor. Allí, en la bañera, acorralando los sueños de cartón, esos que desfilan con las tormentas, con las ganas de vivir, con la risa que se escapa de la boca que descubre las verdades, con la verdad de los ojos que te miran, con la mirada que te ayuda a caminar, con el camino  por donde se pierden  los soles que crecen en los árboles, allí estaba ella, la sal de sus días, la estrella de sus noches, el consuelo de sus penas, el abrazo que ahuyentaba sus temores, la mano que te sujeta en la caídas, que te guía hasta el colegio colegio, la espía de sus travesuras, la confidente de sus miedos y  fracasos, la que le abría los ojos, la que le limpiaba los sudores y los mocos, la que le curaba la rodilla, la del genio rápido, la de la lágrima fácil, la que vestía los lunes de domingo, ¡la mejor madre del mundo!.

 

           Y aquellos dos peces, uno azul y otro blanco,- siempre terminaba así su historia-llevados por la música, embarcaron, sin apenas enterarse, en la proa de otro barco, hilvanando discos, desconociendo la letra pequeña que se escribe en los contratos, cruzando en brazos de un cometa el Océano Atlántico y el Mar Mediterráneo, amarrados al brillo de las estrellas que crecen con la fama, saltando de escenario en escenario, sin enterarse demasiado de los países que pisaron,  repostando en muchos puertos, amaneciendo en paraísos alquilados, abriendo sus ventanas a los mundos que se escapaban de sus dedos atrapados, inventando los amigos, adiestrando el calendario, disfrutando de los helados prohibidos y del calor de  los aplausos, hasta que un día, tras un telediario, aparcaron en su pueblo para descubrir la vida que dejaron apuntalada en una esquina del armario, para ser gente de su gente, para escribir otra partitura y recorrer otro itinerario.

 

         Secuestrados  por la rutina de cada día, que te diezma, te engulle, y te atropella, como los ciclones de los años, aún sueñan con las olas y la espuma que se perdieron en sus manos.

 

           La mujer, sensible como una cuerda de guitarra, inventaba para su hijo aquel mundo de fantasía para esconder el otro que se asomó a su ventana durante unos años y, cada noche, curtida por el eclipse que la luna le deparaba, reciclaba la historia como el torbellino de una noria, amarrada a la vorágine que te devora y te cambia la vida sin ser muy consciente del mundo que circula a tu alrededor. Se recordaba joven, inexperta, hermosa, dejándose guiar, pendiente de los roles que otros le diseñaban, viviendo sólo para la música, para la voz, pendiente de los catarros, de los resfriados, de la garganta, del público,…sin ser dueño de tu tiempo y sin tener tiempo más que para disfrutar de la piscina del hotel de turno, de los aplausos, de las ventas, del calor humano que te regala el reconocimiento de los extraños por la calle. Su vida se limitaba a los conciertos, a las giras, a los contratos, a la rueda de prensa, a los maquilladores, a los peluqueros, al disco, a la radio, a la televisión, al teléfono,….a las visitas de la gente que quería ser fotografiada con los niños famosos; no les quedaba tiempo para más,…y digo les quedaba, porque ella no era nadie sin su hermano, de hecho se consideraba su sombra, una proyección de su voz, un ángulo muerto sin luz propia, incapaz de hacer nada por sí misma sin el apoyo de su otra mitad,… tal sentimiento de dependencia no sé si era consecuencia de la educación familiar recibida en los años anteriores o de su debilidad de carácter.

 

           En cada actuación, ella se sentía presa de los nervios, esperando que su gemelo

 

 

marcara las pautas, incapaz de permanecer en el escenario sin su presencia, soportando muchas veces su mal humor, su imposición, su autoritarismo, sus reproches, sus críticas y al propio tiempo su cariño, su apoyo, su necesidad de estar juntos; como una madre, se sentía  orgullosa de ser ella la elegida para comprar las camisas, para decidir el traje que tenía que llevar a una fiesta, la hora de la entrevista, para preparar sus maletas y decidir sobre su corte de pelo; ser la hermana preferida, la confidente, la que le siente y le entiende aunque esté lejos, la que le sorprende, le anima, le escucha, la que conoce todas sus debilidades y le acepta tal y como es, tiene ese precio, pero ella sólo pensaba en la compensación.

 

           Cuando los dos niños se reúnen en casa de la abuela, ésta les cuenta todas las anécdotas  de cuando era niña, les describe minuciosamente todos los mundos por donde discurrió su infancia y la de sus madreñas, hartas de boñigas, barro y miserias, los callos y los sabañones que aún lleva a cuestas, les habla de las sopas y del pan con tocino, de  la escarcha en la reguera, de los baños en la presa, del hambre en los caminos, de la muerte en las cunetas, de las penurias de su pueblo, del frío y el odio  de la guerra, del carbón que suscribe  el pan de cada día y luego se instala en los pulmones, de la necesidad del pobre que no espera, de los trabajos y los sacrificios que no tienen luto ni despensa, hasta que por último, como una madre orgullosa, como una abuela que se derrite en las ascuas de esos ojos que la redimen de las frustraciones y  sinsabores, de la artrosis y el reuma, que  se sabe acreedora del respeto y el afecto sincero de los niños, les cuenta la historia de sus padres, dos cantantes famosos, que se descolgaron de aquel pueblo, sucio y destripado por las minas, para viajar con la música a ese otro cielo

 

donde pacen las estrellas.

 

          Mientras paladean el chocolate con churros, se miran y sonríen, porque ahora, que van a cumplir diez años, son conscientes de que los cuentos que  cada noche les regalan sus progenitores  y la historia de su abuela se escriben con la misma tinta, y aunque las versiones no coincidan, porque cuando pasa el tiempo, cada cual pinta su vida con los colores que le han dejado los recuerdos en el tintero, ahora saben que lo que importa no son las tildes o las letras, sino el sentimiento que se haya puesto en ellas. Y  los dos, a través de esos cuentos que sus padres con tanto cariño inventan, han contemplado el dolor  y la frustración que se esconde tras el eclipse de una estrella.

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