Olvidar para vivir

          La esquela permanecía pegada al poste de madera desde hacía poco más de dos horas. Todos los muchachos despegaban y pintaban los carteles, pero ninguno se atrevía a emborronar aquel papel que escondía entre sus renglones el manotazo de la muerte.

          El día anterior, a esa misma hora, un chico de veintitrés años se lanzaba al vacío desde uno de los puentes de la autovía Madrid-Coruña. En poco más de tres años era el quinto que elegía aquel lugar privilegiado, desde donde se contemplaba todo el valle, para despegar sin maleta camino del cielo. Los vecinos pensaban que era peor el remedio que la enfermedad, las víctimas por suicidio eran mayores que las ocasionadas por accidentes de tráfico.

          Aquel muchacho de ojos negros se despidió de su pueblo una mañana luminosa, recitando el nombre de los seres queridos que sembraron, curtieron y emborracharon su  cabeza; no encontró la puerta para escapar de la trampa que le tendía la vida, no halló paliativos para su dolor y su desdicha, no consiguió ese cable donde amarrarse cuando la desesperación enciende las bombillas y nadie llegó a tiempo para disuadirle, para convencerle de que merece la pena luchar, de que no hay que tirar la toalla, de que existe otra salida. Nadie leyó en aquel iris donde la coca rezumaba entre renglones torcidos, porque la mayor parte del tiempo la pasamos mirándonos el ombligo sin saber lo que pasa a nuestro alrededor, a ver si a fuerza de ignorarlo, desaparece. Para él se fundieron los plomos aquel veinte de agosto cuando sus sesos se estrellaron contra las piedras mientras buscaba la paz. Alquiló otro horizonte para huir de las páginas de un libro donde las letras, informes, se le escurrían de los dedos.

          En la otra esquina de la villa, en una casa de cuatro plantas, en una habitación  sin apenas luz, recostado sobre un sillón verde, gastado y desteñido, donde pocos días antes un cuerpo joven se recostaba viendo una película , ahora reposaba un hombre que había envejecido diez años de repente. Su mente se había quedado en blanco, no encontraba las palabras. Acababan de darle la noticia. Le habían segado la vida, el futuro. No sabía ni sentía nada. Se paralizaron sus extremidades, se le pegó la lengua al paladar y enmudeció el reloj y todos sus planes se estrellaron contra las paredes que lo contemplaban y le devolvían todas las palabras que el aire, caliente, aún conservaba entre sus brazos. Hubiera querido que le dejaran sólo, abrazado a su culpa, a su necedad, a su impotencia, sufriendo su derrota, su amargura, atrincherado en el filo de la soledad, compartiendo con ella las respuestas a todas las preguntas que acuchillaban el silencio. Pero no, no le dejaron emborracharse ni llorar hasta la desesperación, no le dejaron chillar hasta romper los tímpanos del firmamento, porque temían que siguiera los mismos pasos de su hijo al no poder digerir tanto sufrimiento. Vivió aquel día condenado al ostracismo, atrapado por la pasividad que te reduce a la nada, incapaz de levantar los ojos, de entender las palabras, de escuchar otra cosa que no fuera el repicar de los sonidos, de contemplarse como un vegetal con los pies amarrados a la tierra, sin fuerzas para mirar en su interior, sin ganas de respirar, sin entender lo que sucedía, aplastado por una losa más grande que sus cincuenta años. Nada ni nadie pesaba tanto en su vida como aquel dolor que le aplanaba, que esquilmaba su futuro y le convertía en un guiñapo.

          Un día después se enfundó en sus gafas negras y pisó la calle. Las aceras le parecían más desniveladas que de costumbre, las esquinas le aguijoneaban el caminar, el cielo se le venía encima, le costaba abrir los pulmones y levantar los brazos. Tropezaba con su sombra, con su aliento taciturno, con las ideas que le  abofeteaban los sentidos. Caminaba arrastrando los pies, medio sonámbulo, agujereando las cárcavas del camino que le conducía al tanatorio. Cuando contempló otra desesperación como la suya en los ojos de la madre de su hijo, comprendió que jamás había tenido tanta necesidad de abrazar a nadie como en aquellos momentos porque se vio reflejado en aquel rostro surcado por un dolor que lo deformaba hasta convertirlo en una mancha con palabras. Se abrazó a ella como se ensartan las raíces de los árboles cuando discurren bajo tierra en busca de alimento y se hizo fuerte, como los hombres desarraigados que han tallado su espíritu escrutando las diferentes tierras que recorrieron de niños escapando de la miseria. Quizás fue en aquellos momentos cuando hiló esa historia que a veces nos contamos todos para vender a los curiosos que, con el pésame, pretenden arañar las respuestas a sus conjeturas y sacar sus conclusiones enjuiciando la conducta ajena para no pensar en la propia…o quizás fue la propia necesidad  la que le indujo a distorsionar la realidad para sobrevivir a la culpa.

          Todo sucedió ayer por la mañana, comentaba fríamente, como si radiara una novela  Después de hacer la maleta para ir a Madrid donde le esperaba un buen trabajo como informático en una empresa internacional, para la que llevaba haciendo pruebas desde hacía más de seis meses, le di el dinero y fue a casa de su madre para despedirse. La maleta quedó en el trastero, de donde sacó la bici. Fue en busca de su madre y se despidió de ella. Paseó su vista por el resto de la casa y sobre la cómoda dejó el dinero y una nota con el billete:” al lugar donde voy no necesitaré dinero”.

            Le dijo que bajaba a comprar tabaco y la buena mujer siguió con su labor, limpiando la cocina. No había pasado una hora y la madre sintió que el cuerpo no le llegaba a la camisa, de repente le dio un vuelco el corazón y recordó que apenas le había mirado a los ojos, que se le había escapado algo. Temblorosa, corrió a la puerta, luego fue por las llaves al dormitorio y descubrió sobre la cómoda el fajo de billetes con el testamento. De su boca salió un grito desgarrador, como si le hubieran clavado un cuchillo. Las vecinas acudieron asustadas y la encontraron en un mar de lágrimas. Inmediatamente acudieron a la guardia civil, pero ya era demasiado tarde, hacía más de treinta minutos que un muchacho se había suicidado, tirándose desde el famoso puente.

          Necesitamos olvidar para vivir, barruntaban sus pupilas en la calle, las mismas que, estoicamente, espiaban las acusaciones que esgrimía el aire viciado que peregrinaba por su casa. Necesitamos inventar otras historias para que la culpa no esquilme nuestra esperanza y nos sintamos absueltos,  merecedores del perdón. Y necesitamos escuchar y que escuchen la verborrea que se escapa de nuestros labios para dejar inerme la conciencia, incapaz de fustigarnos más horas de las que podemos sufrir. Vomitamos lo que no nos atrevemos a digerir por miedo al empacho de la atrocidad que nos señala y la ansiedad que baila entre los dedos nos delata y nos transforma en esclavos de una imagen que continuamente retocamos para eludir aquella otra que nos duele, la que se retuerce en el espejo.

          Inventamos otra vida para aquellos que nos juzgan por miedo a que nos condenen al desprecio merecido si adivinan nuestra culpa e ignoramos, voluntariamente, aquello que sabemos para seguir palpando la vida y que no nos ahogue la verdad.

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