Patricia quiere ser popular

                  

 PATRICIA QUIERE SER POPULAR

   Patricia chillaba y pateaba en su habitación. La rabia se apoderaba de sus gestos y sus manos abofeteaban el aire poblado de imágenes que le recordaban que todos sus esfuerzos por ser popular eran inútiles. Había dejado de estudiar para que no la tildaran de “cerebrito” o “empollona”, abandonó el violín y las clases de ballet para que no señalaran como “ la pija de la clase”, vestía con la ropa vieja de su prima que le sobraba dos tallas y muchas veces iba sucia y desaliñada para imponer su rebeldía y mostrar su inconformismo y desobediencia a cualquier norma, sin esgrimir razonamiento alguno. Discutía a todas horas con sus padres a los que etiquetaba de tiranos, viejos y aburridos, no hacía nunca los deberes  porque no la divertía y consideraba que eran un insulto para su inteligencia, se reía por cualquier cosa y charlaba por los codos, vigilando el efecto que producía en los que la rodeaban…y en su ansia por destacar, haciendo alarde de una osadía inusual en ella, contestaba al profesor, rayando a menudo en la insolencia y la grosería.

                    Pero no conseguía ser popular…y la angustia crecía en su interior como la hiedra en las paredes. La ansiedad se instalaba en sus neuronas y le inducía a comer de una forma desaforada y aquella figura estilizada comenzaba a dibujarse en el espejo con un montón de lorzas alrededor de la cintura. Aquello provocaba unos cambios de humor que en un principio se tradujeron en desorden, broncas, malas contestaciones, y portazos en el ámbito familiar; luego  surgieron en insultos, empujones, pellizcos e irritabilidad hacia sus compañeros. Más tarde, fruto de la somatización, llegaron las erupciones, los vómitos, la pérdida de conocimiento y los desmayos…y poco tiempo después, la bulimia hizo patria en aquella mente despojada de todos los valores y sedienta del aplauso ajeno.

                    Dejó de pensar y decidir por sí misma para ser lo que sus compañeros querían: “el hazmereir de la clase”. Cada mañana venía bien provista de chistes guarros que bajaba de internet con los que impresionar a sus colegas , de frases groseras con las que descolocar a sus profesores y con el firme propósito de hacer el papel de “mosca cojonera” para impedir el buen ritmo de la clase. Comenzó con los porros para evadirse y siguió con los calimochos y las pastillas para alcanzar la altura de los experimentados, para ser el centro de las fiestas, la chica más divertida…y así como que no quiere la cosa, bien colocada, siguió tonteando con unos y con otros  para que todos comprobaran lo moderna y liberal que era, para ser la razón de sus comentarios , la protagonista de sus risas, el deseo de sus pensamientos más primitivos, el morbo de sus sueños. Ignoró la parte más oscura: las burlas, la falta de respeto y el menosprecio que suelen ir parejos cuando uno se convierte en marioneta, bailando al son que tocan los demás.

                     Competía con los chicos en osadía y desvergüenza, presumiendo y jactándose de ser tan mal hablada como ellos, creyendo que si se ponía a la altura de los gamberros y deslenguados, conseguiría el respeto de los macarras y que podría entrar a formar parte del equipo de futbito. Pero tan sólo consiguió ser su mascota y para ello tuvo que pasar de mano en mano, de cama en cama.

                    Llegó el día, dos años después, en el que no había conseguido su propósito, pero sí destacar por su tiranía, su soberbia y desvergüenza y aquella niña sabionda, miedica, responsable, inteligente, tímida y dulce, un genio en el violín y la danza clásica, una chica diferente a las demás, había quedado enterrada para los restos.

                    En un principio, cuando renegó de sus ideales buscando sólo el cariño de sus semejantes, fue porque jamás entendió aquella aptitud negativa de sus compañeros con respecto a una conducta que siempre le habían inculcado como noble en su familia. Y es que ser diferente tiene un precio y hay que ser muy fuertes para resistir la presión de aquellos que te envidian. Si, hay que ser fuertes para sobrevivir, pero vulnerables , siempre vulnerables para existir.

                    Lloraba y pateaba en su habitación con la música a todo volumen y el suelo sembrado de zapatos, calcetines y bragas, papelinas, pipas,  libros deshojados y bolsas de gominolas, de discos rayados, tabaco y fotos con el rostro masacrado por el rotulador. Erigía ídolos y los destronaba a la semana, nadie le servía. Ahora que había conseguido ser popular y supeditar al conjunto de la clase a su capricho y tiranía, tan poco se sentía feliz.Y es que los niños, al igual que sus mayores, buscan que les amen, que les repeten…y si no lo consiguen, que les teman. Pero cuando reconocen la diferencia, sus manos, aunque llenas de poder, se sienten incapaces  para  limpiar la amargura de sus ojos.

                    Era la tercera vez que la expulsaban del instituto. Había superado con creces las gamberradas de los últimos diez años y en ese campo nadie podía hacerle sombra, había llegado a insultar y amenazar públicamente a su tutora, a rayar el coche de su profesor de Plástica y a agredir a dos compañeros que la habían llamado loca con desprecio. Ella era consiente de que su inteligencia estaba por encima de aquellos dos imbéciles que la menospreciaban y que no tenían cojones más que para hacerlo al amparo de las risas y la complicidad de los compañeros de su clase, así que privadamente y por separado, les regaló lo que se merecían por cobardes y calzonazos: una buena paliza.

                    Había ocasiones, cuando las fiestas y los porros le daban un respiro, cuando no la engullía el miedo y la soberbia, cuando se palpaba en soledad escuchando todos sus registros, entonces y sólo entonces, reconocía que su ansia de ser popular le había llevado demasiado lejos, que ya no podía dar marcha  atrás…y era en aquellos momentos cuando sentía como una plancha le aplastaba los pulmones y cosía todas las lágrimas de odio e impotencia que quedaban atrincheradas en la garganta.Había renunciado a ser ella llevada por la codicia del aplauso, había renegado de su inteligencia a favor de la adulación, había transformado la timidez y la generosidad en grosería, egoísmo e intolerancia…se había convertido en un monstruo insatisfecho que doblegaba los intereses ajenos al suyo propio  con tiranía y con soberbia, que menospreciaba a los débiles imponiendo su voluntad mediante el escarnio de los defectos ajenos, las amenazas y el terror. Pero no hay dureza sin soledad ni miedo sin altivez y su vida se había convertido en un pozo donde ya no llegaba el sol.

                    Aquella tarde había regresado a su casa y libre de la pesada de su madre que la había llevado a cinco psicólogos, dos neurólogos y cuatro psiquiatras, se tiró en el sofá…el mismo donde mantenía sus broncas con ella, donde le imponía sus castigos y le soltaba sus rollos, donde se mostraba díscola, insumisa, retadora,….aquel donde le enseñó a leer y donde muchas noches  la vieja se quedaba llorando para no molestar a su padre que estaba harto y dispuesto a echarla de casa. Por un momento sintió que la conciencia le remordía y le aplastaba el peso de la culpa, pero atajando con desesperación la amargura de la condena, agarró una silla y se dispuso, invadida por la rabia y la impotencia, a arrasar con todas las figuritas de cerámica y cristal que, impávidas y ajenas a la frustración y al dolor que la invadían, la llevaban espiando durante años  desde el orden y la vida aséptica de las estanterías. Allí estaba también el violín, lacónico, incitándola, con su sarcasmo, a convertirlo en astillas. Destrozaría todo, hasta las fotos de “lela” que reposaban en el aparador y luego se iría, si, se iría muy lejos…necesitaba huir de todo y de todos…huir de ese monstruo que se aferraba a sus entrañas y crecía como las raíces invadiendo todos sus pensamientos. Necesitaba estrenar otra vida, borrar el pasado, necesitaba una vida sin etiquetas ni presiones donde pudiera ver de nuevo el sol…una vida en la que no la hicieran el vacío por ser diferente…por ser “cerebrito “ o por ser un monstruo…una vida donde fuera ella misma. Pero…¡quién era ella?….Ella…ella era un monstruo y los monstruos ya no pueden retroceder…la gente ya no les deja ser otra cosa, no les deja olvidar lo que han hecho, no tienen otra puerta de salida. Tal vez en otro lugar donde nadie la conociera podría vivir esa otra vida…la vida que había sacrificado a favor de la popularidad.

                    Sonó el teléfono. Era su padre. Parcamente le explicó que su madre estaba en el hospital, víctima de un infarto. Sintió la acusación implícita en sus palabras, en aquel tono agrio y desabrido  que siempre utilizaba para decirle que era una mierda, que había destrozado su vida y la de ellos. Y en esos momentos se le vino el cielo encima, hubiera querido que la tierra la tragara para siempre, y más que nunca necesitó que su padre la rodeara con sus brazos y que le dijera que la quería a pesar de ser un bicho. Pero se hizo el silencio, y…sin poder articular palabra alguna, con la cuchillada de la culpa entre el pecho y el costado, colgó el teléfono y todo su cuerpo quedó como una marioneta a la que cortan las cuerdas cuando camina por un cable de puntillas. Una descarga eléctrica paralizó sus muecas, su rabia, su pataleo y todo su mundo se cerró como se oscurecen las páginas de un libro cuando falta la luz. El vacío se apoderó de ella, la culpa, el terror. Un sudor frío recorrió todos sus poros y el llanto, supeditado a la tiranía del orgullo, rompió sus diques y amaneció a borbotones en aquella mirada fría y cruel que esgrimía ante el mundo para abrirse camino y demostrar que era un ser indomable. Lloró durante una hora todas las lágrimas almacenadas durante meses. Lloró por la niña que había muerto, la que ella había mutilado lentamente guiada por ese afán de destacar y reconoció que el precio había sido muy alto. Lloró, lloró hasta la saciedad y cuando despuntó el alba, sus ojos, enrojecidos, quedaron planchados contra el suelo, soñando con el reencuentro de la niña que  había destronado.

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