Querer es poder

QUERER ES PODER      

       Habían transcurrido cuatro décadas desde que cruzó el umbral de aquella puerta. Hoy sería la última vez que acariciaría con su mirada aquellas paredes demacradas, curtidas por las voces y los recuerdos, donde aún se columpiaban los dibujos de los niños.

          Se recordaba a sí misma con veinticinco años, nerviosa, tímida y asustada, temblando como una hoja bajo el dintel de aquella puerta carcomida desde donde se percibían, amasados por el olor agrio que emanaba de aquel recinto lóbrego, los tajazos y mutilaciones de las mesas y las sillas, los mordiscos de las baldosas que recubrían malamente el suelo, atropelladas por la  suciedad  y la desidia. Sus ojos se llenaron de lágrimas y la boca se le tiñó de un sabor amargo al contemplar aquellas paredes desconchadas, la pizarra acuchillada por empastes de cemento, las ventanas desvencijadas y apenas sin  cristales, el techo surcado por las grietas y sembrado de goteras y aquella estufa de hierro que, eructando blasfemias entre bocanadas de humo, barruntaba su calvario contra las inclemencias del tiempo, incapaz de espantar la humedad que trepaba por las paredes. Un olor nauseabundo se adueñaba de la estancia, rancio y pegajoso, un olor que se adhería al cuerpo, escalando las fosas nasales hasta llegar al estómago, guiado por el  capricho de  conjugar todos los verbos  amasados por la bilis. En un primer momento, pensó en huir de tanta inmundicia y zafarse de aquella pesadilla que invadía todos los sueños alquilados, pero al contemplarse en el rostro de los niños que, expectantes, observaban todas sus reacciones, un resorte más grande que el miedo se activó en su interior y haciéndose cómplice de esa sonrisa donde se hacinan las privaciones y la miseria, se sintió prisionera del desamparo que circulaba por sus almas de papel. Todas las cabezas la observaban con los ojos abiertos de par en par, sujetando la necesidad que recorría febrilmente sus cuerpos, atropellados por el frío y por el hambre, más necesitados de afecto y de cariño que de letras y dibujos muchos libros.

           Fueron su tesón, su voluntad, su deseo de enseñar, su interés por  aprender los que consiguieron que la angustia, que aplastó su ánimo en aquellos primeros momentos, desapareciera para siempre. Todo el pueblo, grandes y chicos, viendo su dedicación y empeño, se involucraran en aquel proyecto de crear una escuela nueva, una escuela que construyeron con sus manos, las manos de la tierra, las mismas que guiaban los arados, que uncían los bueyes, que ordeñaban las vacas, las que amortajaban a sus muertos y acariciaban los rostros queridos. Aunando sus esfuerzos, manos encallecidas, nudosas, manos morenas y blancas, huesudas, plagadas de sabañones, enervadas y llenas de cicatrices, manos pobladas de sarpullidos y soriasis, escamosas y deshidratadas, manos nerviosas y tranquilas, dóciles y dominantes, manos mutiladas y reconstruídas,… dieron a luz una escuela de todos y para todos, conscientes de que cada día es un aprendizaje, una lucha por desaprender para aprender, por inventarnos para olvidar lo que sabemos. Los padres, aunque pobres e ignorantes en el conocimiento de los libros, que no así en el valor de las verdades que nos conducen a  la felicidad, reconocían que tan sólo las personas insignificantes buscan su significado en el pasado o en el futuro, el resto lucha diariamente por crecer. Con ellos descubrió que querer es poder y que un pueblo que lucha unido, jamás se siente derrotado porque no existe piedra en el camino que el hombre no pueda aprovechar para su propio crecimiento. El esfuerzo y el sacrificio unánime habían podido con las circunstancias adversas, con la ignorancia, con la necesidad e, intrépidos, habían creado una claraboya en la bóveda  de un pueblo de montaña, que permanecía aislado durante meses por imperioso mandato de la nieve

          Durante un mes trabajó hombro con hombro con el herrero, el labrador, el leñador, el albañil, el pastor, el panadero y el minero, ayudando en la reparación de aquella escuela que era poco más que un cobertizo o un corral, embadurnándose con el carbón y con el barro, peleándose con las piedras, los ladrillos y la arena, amarrada a  la escoba, al pico y a la pala, arremetiendo contra los rastrojos y las zarzas que invadían puertas, caminos y ventanas, ajustando como pudo los cristales, retejando, manejando el cepillo, la llana, la brocha y la paleta, alicatando las paredes, encalleciendo sus manos unas veces con la hoz y otras con la azada. Se sintió no sólo útil y necesaria como maestra, sino como ser humano, como miembro de una comunidad con la que compartió su existencia, con la que lloró sus pérdidas y disfrutó de su alegría; se izó como los árboles que miran al cielo pero mantienen sus raíces bajo tierra, creció  arropando a los débiles como  hacen ellos con  las aves, añorando sus trinos y  sus cantos, vistiendo de luz y color sus días y las noches, de abrazos.

            Siempre dio prioridad a las personas sobre las cosas y en aquellas primeras semanas, en las que compartió con los demás el trabajo y la comida, fue donde aprendió todas las lecciones que le servirían para desenvolverse en la vida, donde descubrió la verdad de cada hombre que, con apenas uso de razón, elige que le quieran, que le admiren, que le respeten o que le teman.

           Aquella muchacha de pocos años se rió de las boñigas, se rió de sus medias rotas y de los malos tragos, de su cara tiznada por el humo que vomitaba la chimenea, de las cárcavas y socavones del camino, de los sabañones, de la escarcha en los inviernos, de los arañazos de las zarzas, del olor que destilaba el muladar, de los tacones que se le quedaban atrapados entre el cascajo, del frío atajado con cinco cobertores, de los chanclos y las madreñas con las que recorría la escuela y los establos… y se hizo fuerte  compartiendo la ilusión en el trabajo, la esperanza que se asomaba en el iris de los que recorrían la sombra de su espalda, la confianza que le ofrecían otras manos, el consuelo que las suyas regalaban y aprendió que el respeto y el cariño cada uno se lo tiene que ir ganando.

            Recordó las generaciones que habían gastado el suelo y las mesas, todos los nombres que se columpiaban en la memoria de su escuela, muchachos que había visto crecer, enamorarse, casarse, chicos que labraban la tierra como sus padres y cuyos hijos habían ocupado la misma silla pocos años después. Sonreía recordando sus inquietudes, miedos, travesuras, sus sueños de adolescentes. Ella no había tenido hijos y tal vez por esa razón, se había sentido madre de todos ellos, porque desde el más inteligente al más torpe, desde el habilidoso al desvalido, desde el tímido al que brillaba por su atrevimiento y desparpajo, todos necesitaban de su atención y su cariño.

            Su vida estaba escrita en un cuaderno de hojas blancas con los sueños de sus chicos, un cuaderno que dormiría para siempre entre las piedras de una escuela, donde había aprendido a pintar paredes, a reparar persianas, a desatascar tuberías, a colocar cristales, donde había ejercido como albañil y carpintero, electricista, fontanero, enfermera y jardinero, donde había aprendido a ser una más entre aquellos  que hilan el destino de su pueblo. Allí había dejado lo mejor de sí misma, porque no sólo les había enseñado a leer, había disfrutado compartiendo con ellos sus conocimientos. Con sus cuentos y leyendas, había conseguido que otros muchos, al amor de la lumbre, descubrieran que existen mundos, costumbres y creencias diferentes que merecen el mismo respeto que las propias. Con su imaginación viajó por las constelaciones del firmamento las noches de verano, recaló en la historia, en los inventos y en el arte cuando arreciaba el crudo invierno en los cristales. En primavera trepaba por los montes, descendía hasta los ríos e iba resucitando, para sus niños, los nombres de los árboles, las flores y los arbustos, recogiendo plantas y atrapando mariposas, visitando las cuevas en busca de fósiles e inventando relatos fantásticos para las noches estivales, donde tras la siega y la trilla, se reunían, sentados en el tronco de una encina, para tomar el fresco.

           Dos lágrimas rodaron por su rostro macilento, sembrado de arrugas. Sus manos, las manos de la tierra, roturadas por la artrosis, se abrazaron al pasado. Los recuerdos, como un remolino de tijeras, bailaron por su piel curtida, dejando un suspiro expirando en su garganta. Había aprendido a labrar los quiñones,  a acarrear la mies, a vendimiar, a roturar y a sembrar los campos, a podar las viñas, a ordeñar las vacas…a destazar los cerdos, a asistir en los partos, a paliar el dolor de los enfermos, a desterrar las supersticiones, a creer en su trabajo, a no considerarse imprescindible, a ser útil y tolerante, a ser humana. Y lo había aprendido con los hombres y los niños de aquel pueblo, de su pueblo, donde, tras el frío de la noche, la luz rizaba  el dolor y la  esperanza.

          Dos horas después cerró por última vez la puerta de la escuela, pero en la pizarra,  con los besos y las lágrimas, quedaron sus últimas palabras:

          “Os deseo…. que améis y que améis sin calcular, porque el que más ama, el que más da, es el que más tiene y… que no os avergüence el expresarlo, temiendo que se os juzgue débiles cuando habéis nacido sensibles, porque hay que ser fuerte para sobrevivir, pero sensible para existir. Si no sois correspondidos, jamás desesperéis ni os dejéis llevar por el rencor, porque os inhabilitará para la felicidad que os aguarda.

           Deseo, también, que tengáis amigos y que no busquéis su perfección, sino su humanidad, que podáis confiar en ellos y que ellos, conociendo vuestra verdad, sean capaces de seguir con vosotros. Y también deseo que tengáis enemigos, lo suficientemente inteligentes para que cuestionéis vuestras certezas y no os creáis siempre en posesión de la verdad.

          Deseo, además, que seáis humildes para poder disfrutar de la grandeza, que nunca os creáis imprescindibles, aunque si necesarios, que penséis en ser útiles y no insustituibles.

           Deseo que seáis tolerantes y pacientes, no con los que se equivocan poco, sino con aquellos que se equivocan mucho y a menudo, porque es fácil y gratuito querer a quien nos quiere, pero es más difícil y necesario ser considerado con los que no alcanzan el perdón.

          Deseo que disfrutéis, sin prisas por madurar y, una vez maduros, no os empeñéis en rejuvenecer.  

           Deseo que os riáis, que descubráis que es importante saber reírse de uno mismo y de sus circunstancias para que éstas nunca te dominen o te anulen.

          Deseo de seáis capaces de ver donde todos miran. Ver con los ojos del corazón para salir de vuestro ombligo y descubrir las injusticias que afectan a otros seres y de los cuales también sois responsables.

           Deseo que sepáis disfrutar de las cosas pequeñas que nos regala la vida y que son las que nos hacen realmente grandes. 

            Deseo, también, que tengáis dinero, pero que, puesto frente a vosotros, siempre sepáis quién es el dueño de quién.

             Finalmente, deseo que no malgastéis vuestra existencia, porque sólo se vive  una vez y que la misma os enseñe  que un hombre inteligente es el que sabe ser feliz y… que somos felices en la medida que podemos prescindir de las necesidades que nos creamos.”

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