Rubén el mago

RUBEN EL MAGO

                             Rubén, el topo, era el tonto de la clase. Bajo, grueso, lento, tímido, reptaba por los días panza arriba. Con el iris a cuadros y la boca planchada, soportaba estoicamente los insultos, bromas, patadas y collejas que le propinaban gratuitamente sus compañeros. Sus pupilas, colgadas de la pizarra, sujetaban las lágrimas en la cuenca de los ojos, emigrando del granero de su cara hacia los paraísos alquilados, donde la belleza, la agilidad, la destreza, la inteligencia y la simpatía no deciden lo que vale cada uno. Soñaba con ser mago.

                             Aquel viernes cuando las llamas devoraban la casa de Jaime, nadie se atrevió a cruzar la puerta para rescatar al niño, atrapado por el fuego. Rubén, sin pensarlo, cruzó el umbral y le salvó. El topo se convirtió en héroe, los insultos en elogios, los golpes en abrazos, los desprecios en sonrisas.

                              Ahora contempla como el mundo viene y va. Sabe que un mago no es el protagonista local que sueña con el aplauso del mundo. Un mago es un mundo que sueña con cambiar la cruda realidad transformándose a sí mismo.

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