Todas las mujeres que hay en mi

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PRÓLOGO

Entrad en este libro como en una casa deshabitada donde han vivido muchas mujeres. Una casa que comienza a habitarse de nuevo con otras tantas.

En el centro de una habitación blanca y muy luminosa, una mujer sentada junto a una mesa. Ella tapa, con sus manos, una hoja de cuaderno recién arrancada. En la misma había escrito: Me desnudas, te desnudo y seguimos paralelos a la muerte descubriendo el deseo de estar vivos. En el reverso se podía leer: Quien desvela mis mentiras. Eres tú el que siembra coplas en mi alma destemplada.

Había en la habitación un silencio blanco. Ella, la escritora, la exploradora, cierra los ojos y ve una hilera de mujeres acercándose a la casa-libro. La mujer que va delante le dice: Eres tú la que te ofreces con la ventana siempre abierta. La que siembra mis noches sin poner llave en la puerta. Otra, desde atrás, susurra: eres tú quien afina el sol que vuela entre mis cuerdas. Todas ellas van entrando en el hogar de Ana Cristina Pastrana y se sientan junto a ella, alrededor de su mesa. La mayor, con los ojos tendidos al sol, recita: Eres tú la que sufraga el vacío al que la vida me condena. Hay una niña, una adolescente de cara sonrosada y ojos verdes. Rosa: la muñeca, los pendientes…la virginidad del ruiseñor. Esa muchacha también cierra los ojos y comienza a ver el mundo del libro- casa. Se levanta de la mesa y las deja ahí a todas. Entra en una habitación oscura y se cierra con un cuaderno aún virgen. Hay en esa estancia un silencio negro. Las palabras de Cristina van iluminando el cuaderno. Ella las escucha desde la habitación contigua. Testigo de esas voces que pasan a través de sus sentidos, las anuda y entrelaza.

Por aquella mujer que, con los ojos colgados, la boca cosida y los brazos quebrados…Escribe ávidamente, temiendo no poder escucharlas. Se oye el trazo decidido de su caligrafía, seco y húmedo a la vez. Sus palabras van derechas al corazón de las cosas y de las mujeres que la habitan. El aire le recuerda: Se vistió de lunes para perderse, para no tropezar con otras puertas, para abrazarse a los caminos, y confundirse con las piedras.

Toda la noche escribe en el cuaderno. Mira la hoja negra del techo, y es allí dónde va colocando estrellas con nombres de mujer. Se levanta un momento para tocar las paredes y terminar escribiendo en ellas. Por el ojo de la cerradura cabalgan los ruiseñores y se pierden en los ojos mudos y sordos. La casa-libro está nuevamente habitada y ella, la dueña. Sin querer, me convierto en sol y piedra del camino.

Al llegar el día, vuelve de nuevo a la habitación llena de silencio blanco, y les pregunta: ¿Quién sois? ¿De dónde venís? La niña, la adolescente del iris verde y la tez sonrosada, abre los ojos por un momento y responde: Venimos del mundo. Te habitamos, somos tú. La escritora sonríe. Se sienta junto a ellas y abre el cuaderno que se ha ido iluminando poco a poco en la noche con poemas escritos desde el corazón. Sus sentimientos se transforman en palabras: Allí donde me encuentro con la vida, allí, donde los demás sólo ven agua.

De pronto da un salto al vacío y se quiebra. Cierra los ojos y escribe a ciegas en el cuaderno: Senectud: Un equipaje de hojas secas. Se torna dura e intempestiva. Se rebela contra sí misma buscando la belleza y la verdad en el lenguaje. Todas las mujeres lloran por su boca.

La casa-libro de la escritora abre puertas y ventanas al mundo. Se desnuda. Esta en una calle sin nombre. Podría llamarse calle de las mujeres sin rostro o larga calle de la vida. Calle de tierra, libro de tierra, agua y aire. Un libro escrito por una exploradora en un puente que va de la conciencia a la vida, un puente de un solo arco. Ella es la médium, y su boca es por donde pasan las voces de tantas mujeres rotas.

Es, sobre todo, un libro de poesía. Un libro en el que la autora manifiesta esa imperiosa necesidad de entablar una comunicación sobrecogedora con lo que no podemos llegar a entender de manera racional.

La casa-libro se ha vuelto a llenar de luz y de mujeres.

Miguel Ángel Curiel

 

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RADIOGRAFÍA DE UNA MUJER

 

Nació mamando soles, gritos, velas,

entre hambre, dolor y miseria,

como una hora muda, sorda, ciega,

respirando el humo de aquella cuerda,

mordiendo el polvo, la vida estrecha,

hilando los miedos en una rueca.

Creció izando dioses en las trincheras,

pisando el odio que recicla guerras,

podando el llanto donde dios bucea,

luchando por ser alguien, ser bandera

o no ser de nadie, ser sólo tierra.

Por eriales, viñedos y quiñones

donde dormita el sol y la vecera,

por  los almendros y sus brazos en flor,

curtiendo la frustración, la espera,

aquella niña, sol de primavera,

tras un  verano amargo, se hizo vieja.

Ensartó las noches con sus días,

labrando su desgracia con la ajena,

sufrió la ira  de sus hombres,

enmudeció en los callos de sus manos,

en los garabatos de sus cuentas,

arrastrando el sufrimiento gratuito

al que la violencia te encadena.

Y en otoño, cuando el sol ya no reza,

un verso helado llamó a su puerta,

su cuerpo, yermo, abrazó la tierra,

y se arrodilló el cielo ante su grandeza:

mujer, hija, madre, rosal, orquesta,

sal, cantar de besos, libro sin letras,

piedra que vuela con las alas yertas.

 

 

TODO LO QUE SOMOS

 

Todos los caminos son cartas que no jugamos,

y los juegos que perdimos, miedos que ocultamos.

Todas las palabras calladas son delfines varados,

y las varas con que medimos, la medida que nos damos.

Todos los deseos que enterramos son arpones

que nos hacen sentirnos ladrones y no pájaros.

Todo lo que vale la pena, a duras penas lo embarcamos,

y lo echamos de menos, cuando se va en otros barcos.

Todo lo que fuimos y aquello a lo que no llegamos,

nos asalta en el espejo, cuando sólo nos miramos.

Todo lo que perdimos y lo perdidos que estamos

nos hace sentirnos lejos de lo que siempre amamos.

Todo el amor que, por miedo, apenas destapamos

hipoteca nuestras vidas y encadena nuestras manos.

Todos los hombres son niños que se refugian en su infancia,

y todas las patrias y banderas son infancias sin nombre.

 

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MUERTE DE UNA CAMPESINA

 

Murió abrazada a la mesa, como el huso a la rueca,

sabiéndose reina del aire, reloj sin cuerda.

Murió resucitando todos los ríos y las tierras,

horcando los soles que la noche inventa.

Murió despacio, deshojando quimeras,

planchando el miedo, saldando cuentas.

Murió en un libro, con las páginas abiertas,

con el corazón gastado, sin ponerse en venta.

Murió para crecer sin prisa en otra puerta,

murió para no ser de nadie, sólo una muerta.

 

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MUJER SIN LETRAS

 

Se le cerraron las puertas del cielo

cuando  la tierra se quedó encinta,

se le amontonó la letra pequeña

cuando al amor se le acabó la tinta.

Parieron miedo las tardes baldías,

balando en un campo de girasoles,

cosechando palizas y sinsabores

en aquellas manos, siempre vendidas.

Y su vida se quedó sin letras,

disecada entre limones y botellas,

y fue circulando en la tumba

para aparcar en las estrellas.

 

 

MUJER ATADA A LA MESA

 

Quiero que cuando muera me entierren bajo esta mesa,

porque en ella nací yo y también mi madre y mi abuela,

y jugaron mis hijos, aprendiendo los números y las letras,

soñando con un mañana  verde, sin llaves en las puertas,

donde la tolerancia cabalgue sin miedo ni vergüenza,

donde nadie justifique ni razone el error de una guerra.

Quiero que cuando muera me entierren bajo esta mesa,

en la que se han firmado bodas, registros y condenas,

que ha sido testigo de atropellos, masacres y verbenas,

que muestra, impasible, la desesperanza del que espera,

y esquiva al que, infeliz, se esconde en su soberbia.

Quiero que cuando me muera me entierren bajo esta mesa,

que ha sido cómplice de mis besos y mis penas,

en los tratados donde se compra la paz y la guerra,

en el tráfico de armas, de hombres y sus hembras,

de aquellos que esconden la mano y tiran la piedra,

mientras se derrama la vida que otros gobiernan.

Quiero que cuando me muera me entierren bajo esta mesa,

por donde ha rodado el pan, el vino y las monedas,

las epístolas, los edictos y los sermones de iglesia,

bautizos y defunciones, cruces, fuego y leña,

garrote de inocentes que no comulgan con sus velas,

el canto  de fusiles con las espaldas abiertas,

promesas, traiciones, desesperación en las trincheras.

Quiero que cuando me muera me entierren bajo esta mesa,

donde se barajan las cartas que el dolor secuestra,

donde se deciden los nombres que apuntalan la tierra,

mientras las bombas siembran los campos de esquelas.

Quiero que cuando me muera me entierren bajo esta mesa.

 

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MUJER DE NADIE

 

Nació entre juncos, con sabor  a río, obediencia y jabón,

nació en la dictadura con un mar de besos callados,

pantalones zurcidos, y, en las manos, un azadón.

Nació con un lagar  para los tragos amargos,

y para las noches sin luna, el cantar de un serón.

Creció trepando en los árboles, limando los prados,

siendo camino y ventana, roto, frío y canción,

desarmando los días a los que están amarrados

los que se creen con derecho a imponer su razón.

Vivió hilando puertos, con los sueños varados,

y los ojos entornados entre la miel y el limón,

acuchillando los años por la rabia gastados,

esos años famélicos que  no te tornan en sabia,

que te hacen desgraciada y siempre mayor.

Y murió deprisa, con los labios gastados,

y la virginidad, planchada, en el ojal de un cajón,

sabiendo que el tiempo no cura nada,

que la vida es un roto donde llora un botón.

Nadie preguntó nunca a los piojos cansados

que con él compartían, desde niño, jergón,

por aquella mujer, que con los ojos colgados,

la boca cosida y los brazos quebrados,

en vez de libertad, pedía siempre, perdón.

 

 

CON EL SOL MEDIO VACÍO

 

Me desnudas, te desnudo

y seguimos paralelos a la muerte

descubriendo el deseo de estar vivos.

Nos elevamos como dioses,

dejamos de pensar, sólo sentimos,

nos separamos, nos unimos,

nos multiplicamos en abrazos,

nos restamos en vergüenza,

nos sumamos en caricias

y al final, nos dividimos.

Abrazados, en silencio,

con la puerta entornada,

nos damos un respiro

para sacudirnos la verdad

que nos hace vulnerables,

que nos mide y nos señala,

que nos traduce en lo que somos:

los genes heredados,

los tropiezos del destino,

los errores y cicatrices,

los mundos que perdimos,

las batallas y derrotas,

el miedo que nos ata,

el dolor que nos redime

y aquello que elegimos.

Luego, pegados, nos dormimos,

y en los sueños sin membrete,

reciclamos lo vivido

y desmontamos el infierno

atrincherados en el cielo,

ligando y desligando

el deseo y la cordura.

Nos tropezamos con la nada,

aterrizando, sin sentido,

en el embozo de la sábana,

en la música y el vino,

en la partitura de una noche

que se hizo pan en el camino.

Y nos vamos de ese cuerpo

lo mismo que llegamos,

con el sol medio vacío,

amasando nuestro tiempo

entre la esperanza y el olvido,

con el móvil y el reloj,

la risa y los amigos,

el trabajo que te lima,

las pilas recargadas

y un roto en el bolsillo,

con cien besos en el aire

que navegan en un hilo,

y cuatro horas derramadas

en un orgasmo y un suspiro.

 

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MUJER DE AGUA

 

Los páramos de sus ojos crecieron muertos,

arañados por la vergüenza y el silencio

y aquel cielo de palomas amaestradas

se tiñó de hieles, se tiñó de cuervos.

Resignada, como cuerda de guitarra,

sucumbió al maltrato y al lamento,

a ser hora y miedo entre las horas,

cadena, tumba, pozo, infierno,

a ser grito, prostituta de la nada

sombra que se recrea en los espejos.

Se vistió de lunes para perderse,

para no tropezar con otras puertas,

para abrazarse a los caminos,

y confundirse entre las piedras.

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Destazó los montes y los ríos

para atrapar el calor de las estrellas,

pero sus dedos, ahorcados,

zarparon en la luna, sin reservas.

Amasó los árboles sin nombre

y el infinito de las letras,

todos los sueños pequeños,

la infancia y la miseria,

las palizas y la resignación,

los miedos sin escuela.

Y rodó puente abajo,

sin freno y sin maleta,

con los ojos hilando el frío

y las manos en orquesta,

obviando las preguntas

que amueblan  las cabezas,

ahuyentando los temores

que masturban la conciencia.

 

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LA PIZARRERA

 

En el arco iris de sus ojos

asomaba la frustración, el miedo y los milagros,

la costumbre y la miseria de sus ríos y sus campos,

la voluntad del que se sabe dueño de la nada

y lucha siempre por ser alguien, y no algo.

En el libro abierto de sus manos,

los renglones torcidos, la letra pequeña,

llanto de sirenas en un barco varado,

la esperanza que invade las siestas

y las ranas que sueñan con ser barbos.

En su columna arqueada,

un costal de noches sin luna,

sacrificio y sudor de invierno a verano,

y en el surco donde se estremece la vida

una trilla de piojos, frío y callos.

En el baile ronco de sus pies

descubrí galochas pariendo sabañones,

los pedregales, la humedad y los terrones,

el lagar y las roderas de los carros,

el guiño de la hoz, las horcas y los mazos.

En la ruina de su talle

pintaba el buen dios cinco embarazos,

artrosis y reuma en lavaderos y  sembrados,

un jergón de paja y la ralba del arado,

un corral, una bodega, un erial y un establo,

un horno y un granero donde amasaba

el sufrimiento, la paciencia, el desengaño.

Y en su voz pastosa, quebrada,

curtida por el dolor, el llanto y las desgracias,

se cocía el hambre, la guerra, la amargura,

tres dientes con  los sueños alquilados

y hoy rapados por el canto de  guadaña.

Pezones del cielo, mujeres sin nombre,

las que nacieron mudas, sordas, ciegas,

las que aspiran a ser árbol, y no rama,

las que fueron piedra, nube y sol de la tierra

y hoy suspiran por ser polvo de pizarra.

 

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POR EL OJO DE LA CERRADURA MIRA UNA MUJER

 

Por el ojo de la cerradura

cabalgan los ruiseñores,

navegan barcos de besos

para náufragos en amores

que anclaron en otro puerto.

Por el ojo de la cerradura

galopan todos los versos

que sin querer, se pierden,

en ojos mudos y sordos,

ojos que parecen ciegos.

Por el ojo de la cerradura

se arrastran mis dedos

para escapar con prisa

de este mundo pequeño,

donde pacen los peces

que se saben muertos,

donde relinchan los hombres

para ahuyentar el miedo,

donde se alzan las voces

para gastar el tiempo.

Por el ojo de la cerradura

se me escapan los sueños

para hilar otra bandera

que no tenga límites

que nazca sin dueño,

para abrazar otros brazos

que pinten los cuentos,

que abracen con ganas,

con los brazos abiertos,

que sean humanos

y nunca perfectos.

Por el ojo de la cerradura

bebo todos los vientos,

los dulces y los amargos:

los que fueron nuestros

y los que están sin gastar,

los que no tienen nombre,

buscan mi encuentro,

para amasar los caminos

y atravesar los puertos,

para reciclar  la vida

y combatir el tedio,

para ser siempre pájaro

y… volar muy lejos.

Por el ojo de la cerradura

se alquilan balcones

de frío y eriales, llenos,

balcones que mueren cerrados

soñando con vivir abiertos.

 

 

BAILANDO CON LA MUERTE

 

La muerte es un rosario de palomas

que aterrizan en mis días como cuervos,

la muerte es una partitura sin espuelas

que abraza calles en una bicicleta,

que descarrila por los raíles que labramos

con un remolino de violines y trompetas,

que aplasta dioses contra el suelo,

que recorta el cielo sin tijeras.

La muerte no es la punta de navaja,

ni un lagar de uvas en celo,

donde se rifan las balas

que no tienen patria ni dueño.

La muerte es un libro de versos mudos,

donde agoniza el silencio de los verbos,

la obediencia debida y el desorden de la nada

que nos iguala al pasaje que vendemos.

La muerte es una botella sin conciencia

donde se emborrachan los soles de otros brazos,

que erupta, sin licencia, en nuestra puerta,

adherida a los hangares que alquilamos.

La muerte no es el chancro en los castaños,

la muerte no es la tierra que pintamos,

ni el cuadro que a veces escondemos,

la muerte es aquello que ignoramos

porque destruye todo aquello  que tenemos.

 

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MUJER DE SOL Y PIEDRA

 

Me miro en sus ojos, que parecen dos veleros,

y navego por los días que se me hacen tan pequeños.

Me invento cada noche para nacer cada mañana,

para ser canción en su silencio, y, en su río, solo agua.

Me derrito entre sus manos, que inventan otro cielo,

y aterrizo cada día con el ansia de otro vuelo.

Me tropiezo con el pasado que asalta mi memoria

sabiendo que el amor cambia el registro de la historia.

Y  sin querer, me convierto en sol y piedra del camino,

creyendo que no soy nadie si no comparto su destino.

 

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MUJER EN SOLEDAD

 

Te fuiste calle arriba,

te fuiste sin mirar atrás,

el cielo bajó los techos,

abrió los grifos el mar.

Te fuiste calle arriba,

te fuiste sin mirar atrás,

las piernas en el ocaso,

las manos en el altar.

Te fuiste calle arriba,

te fuiste sin mirar atrás,

y me dejaste en la trinchera,

embarazada de miedo y soledad.

Te fuiste calle arriba,

te fuiste sin mirar atrás,

izando el mástil y las velas

abrazando la palabra libertad.

 

 

MUJER VIOLADA

 

Sus brazos,

sus brazos son dos olmos, colgados de la noche,

pariendo, en los carámbanos, calor de girasoles.

Sus manos,

sus manos, golondrinas, amasando los reproches,

hilvanando, entre las ruinas, cataratas de ascensores.us ojos,

sus ojos, tumbas ciegas, de abortos y tumores,

afilando los días donde repican los tambores.

Su vida,

su vida es un poema de azufre y sinsabores,

apuñalado, con el alba, por cuatro ruiseñores.

 

 

MUJER MIRANDO AL MAR

 

Todos los rotos y las sombras

que descomponen mi memoria

son dioses de barro y de cartón

que, hambrientos de soles,

fermentan en tu vientre

sin atenerse a la razón.

Me abrazo a todos los brazos

que te nombran y reclaman

como mi patria y mi bandera,

y muero en todos los besos

que resucitan con el alba,

aquellos que retozan en mis manos,

los que crecen con la luna

y despegan, sin más, por la mañana.

Eres tú mi corriente y mi remanso,

el continente que me espera,

la lectura de mis años;

eres tú el que me llena y me vacía,

donde reciclo mis errores,

quien desvela mis mentiras.

Eres tú el que siembra coplas

en mi alma destemplada,

el que me ahoga entre la arena

y me restaura en la resaca.

Eres tú el que me incita, me provoca,

me seduce, me atropella, me delata,

quien me arrastra al infinito

me traduce y me emborracha,

el que nunca me empobrece ni limita

encadenando mis ojos a su espalda.

Camino a trompicones por la vida

cual mariposa con las alas recortadas,

navego por las amplias avenidas

que tu cuerpo, abierto, me regala,

y con la imperfección que me redime

y las debilidades que me atrapan,

voy limando la incertidumbre

que me asola y me denuncia,

que me juzga y que me embarga.

Ensarto verdades y complejos,

limo cicatrices y esperanza,

el cielo con las piedras,

el deseo y la cordura,

las dudas y temores que me asaltan,

las tildes y las comas,

el dolor de los silencios,

las cruces que me atan,

las negaciones de los verbos,

que destilan los recuerdos

en las esquinas de una cama.

Con la vista puesta en otros faros,

me amotino, insumisa, contra el viento

y, atravesando el sol de tu regazo,

echo el ancla en cada puerto

arañando el canto de las luces

y la sal de los milagros.

Con los ojos del cielo que me mira

y las velas siempre desplegadas,

arremeto contra el tedio de mis días

sin que el miedo me condene

a ser vergüenza entre la nada…

Y rompo la hipocresía de los moldes

que diseña el tiempo y las palabras,

aquellos que me arruinan lentamente

y siendo grano, me relegan a la paja.

Y me derramo, feliz, en el silencio,

como  la sangre llora ante la espada,

allí donde me encuentro con la vida,

allí, donde los demás sólo ven agua.

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quien desvela mis mentiras.

Eres tú el que siembra coplas

en mi alma destemplada,

el que me ahoga entre la arena

y me restaura en la resaca.

Eres tú el que me incita, me provoca,

me seduce, me atropella, me delata,

quien me arrastra al infinito

me traduce y me emborracha,

el que nunca me empobrece ni limita

encadenando mis ojos a su espalda.

Camino a trompicones por la vida

cual mariposa con las alas recortadas,

navego por las amplias avenidas

que tu cuerpo, abierto, me regala,

y con la imperfección que me redime

y las debilidades que me atrapan,

voy limando la incertidumbre

que me asola y me denuncia,

que me juzga y que me embarga.

Ensarto verdades y complejos,

limo cicatrices y esperanza,

el cielo con las piedras,

el deseo y la cordura,

las dudas y temores que me asaltan,

las tildes y las comas,

el dolor de los silencios,

las cruces que me atan,

las negaciones de los verbos,

que destilan los recuerdos

en las esquinas de una cama.

Con la vista puesta en otros faros,

me amotino, insumisa, contra el viento

y, atravesando el sol de tu regazo,

echo el ancla en cada puerto

arañando el canto de las luces

y la sal de los milagros.

Con los ojos del cielo que me mira

y las velas siempre desplegadas,

arremeto contra el tedio de mis días

sin que el miedo me condene

a ser vergüenza entre la nada…

Y rompo la hipocresía de los moldes

que diseña el tiempo y las palabras,

aquellos que me arruinan lentamente

y siendo grano, me relegan a la paja.

Y me derramo, feliz, en el silencio,

como  la sangre llora ante la espada,

allí donde me encuentro con la vida,

allí, donde los demás sólo ven agua.clip_image003

LA MUJER DE LOS ANILLOS

 

Adolescencia.

Pinto, con la lluvia huérfana,

un tatuaje en la cola de un cometa,

abulia en las tardes estiradas

donde lloran las sirenas con dislexia.

Madurez.

Invento, en el filo del espejo

y en el vientre azul de las botellas,

la cara con aquello que no tengo,

lo que busco siempre en las estrellas.

Senectud.

Un equipaje de hojas secas

rezuma en un rincón de mi maleta

cuando los dientes del piano,

oxidados, patinan en las cuerdas.

 

 

MUJER DE MENTA

 

Eres tú quien emancipa una infancia sin escuela,

la que encarta los mensajes que desfilan por mis venas.

Eres tú la que sufraga el vacío al que la vida me condena,

la que me seduce cada día con los sueños que te inventas.

Eres tú la que te ofreces con la ventana siempre abierta,

la que siembra mis noches sin poner llave en la puerta.

Eres tú la niña de mis ojos y los ojos que me enseñan

a disfrutar del infinito cuando lo limito con fronteras.

Eres tú quien afina el sol que vuela entre mis cuerdas,

eres tu, mujer de menta, mi razón, mi compañera.

 

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DEL AZUL AL ROSA

 

Azul:

el coche,

los puños,

el fútbol y el balón,

el semen,

la osadía,

la fuerza,

la cobardía y el valor.

Azul:

la dureza,

la protección,

la fortaleza,

la virilidad del pantalón;

el pene,

el preservativo,

la seguridad de tres orgasmos,

el poder de convicción.

Azul:

el trabajo,

la demanda,

la inteligencia,

el dinero,

la impotencia,

la Viagra,

el orgullo y la ambición;

los celos y la ira,

la violencia en una mano

y en la otra, la ley y la razón.

Azul:

el color del genocidio,

la marca registrada,

las violaciones, los derechos,

los intereses de las guerras,

los experimentos y las balas;

el precio de la carne,

el sadismo y la venganza,

las cruces y los dioses,

el placer del pederasta.

Rosa:

la muñeca,

los pendientes,

la bendita educación,

los silencios,

el recato, la obediencia,

la virginidad del ruiseñor.

Rosa:

la fregona,

la esperanza,

los tacones,

el deseo, la ilusión,

la vagina,

la píldora,

el perfume,

los sueños de cebolla con amor.

Rosa:

el embarazo,

las estrías,

la constancia, el sacrificio,

los errores y el perdón;

la paciencia,

la injusticia,

el destierro, el maquillaje,

y en un puño, el corazón.

Rosa:

la noche sin esquinas,

la patria sin bandera,

el duelo y el rencor,

el sufrimientos gratuito,

el precio de la espera,

el dolor de la cordura,

la soledad que nos devora

entre el miedo y la razón.

 

 

MUJER DE CUATRO ESTACIONES

 

Me enseñaste a reciclar los sueños,

a soñar que tú serías parte de ellos,

me invitaste a levantar el vuelo,

a pintar la libertad que nunca espera.

En primavera.

Me obligaste a caminar despacio,

a pisar tus huellas, a besar tus pasos,

a creer que el mundo no existía

si no lo inventabas con tus manos.

En verano.

Me podaste las alas arrugadas,

me ataste a las cuerdas del piano

me enseñaste a ser polvo entre la nada,

a cerrar la boca, a estirar los brazos.

En otoño.

Me sentí esclava de tu infierno,

perdí la aguja en el hilo de la historia,

te erigiste en juez y dueño y

perdí los sueños, la dignidad y la memoria.

En invierno.

 

 

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MUJER SIN TIEMPO

 

Cada segundo que se escapa de mis ojos

ojea el dolor de ese mundo que gritamos,

grita, cuando se le escurre de las manos,

el amor en el que casi nunca nos miramos.

Cada minuto que se oculta  sin sentido,

siento todo aquello que he perdido

lo que me queda por hacer y lo vivido,

y busco en él lo que creo que no tengo.

Cada hora que anudan mis brazos,

abraza a todos los hombres derrotados,

derrota, sin palabras, la soberbia del destino

que diseña, frío, los pasos del camino.

Cada día que estreno al levantarme,

levanta soles en los bloques de cemento,

cincela mi cabeza, sin prisa, contra el viento,

para enseñarme que soy más de lo que pienso.

Cada semana que le robo al tiempo,

es un río fértil, donde navegan los deseos,

cada deseo que, por fin, se hace  realidad

son diez niños en un patio de recreo.

Cada mes que reciclan mis dedos,

derrama pinceladas en mis versos,

cada verso que germina  en estas letras

pinta el dios del mundo que yo quiero.

Cada año que me cuelgan en las velas

hipoteca la felicidad que no merezco,

cada vela que en el mástil se levanta,

apadrina mi  batalla contra el miedo.

Cada década mi boca siembra un cuento

y cuenta, en ese tiempo, lo que ha hecho,

y sólo el hecho de vivirlo y  poder contarlo

hace que añore estar vivo y nunca muerto.

 

 

MUJER JIRAFA

 

Erguidas en letreros de neón,

sus piernas, de miel y chocolate,

preñadas de sueños y etiquetas,

navegan por un mar de pasarelas,

amarradas  al  brillo de los focos,

al móvil, la ansiedad y las pastillas,

al miedo, al cierre de telón,

a las invitaciones y entrevistas,

a la prensa rosa, a los clientes,

y a la buena educación.

Hoteles de cinco estrellas

para el parto sin dolor,

la anorexia, la bulimia,

las fiestas, la coca y el alcohol,

los collares de tres vueltas,

el glamour y las tarjetas,

el gimnasio, la manicura,

los masajes, la hidroterapia,

el maquillaje, las ojeras,

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la consulta del psiquiatra,

el dinero y la razón.

Liposucción en piernas y caderas,

silicona para sus pechos de algodón,

pinzas en sus pómulos caídos,

costuras, bodoques y zurcidos,

boca de fresa, plástico y cartón.

Cemento en los renglones de su cara,

ojos rasgados con el iris al limón,

dos costillas menos en el tórax,

cinco tatuajes en la espalda,

la nariz de un ruiseñor.

Ciega, deambula cada noche,

pintando un cielo sin condón,

en busca de un pico o una raya

que maquillen la  soledad

que masturba el corazón.

 

 

MUJER DE HOY

 

Cuando pienso en ese cielo que no tengo,

tengo prisa por ganarlo y miedo de perderlo.

Cuando cuento a un amigo lo que siento,

siento la necesidad de que me entienda y entenderlo.

Cuando deseo que compartan mis temores,

temo equivocarme y no aprender de mis errores.

Cuando sueño que la vida puede mejorar,

mejoro todo aquello que parece difícil de cambiar.

Cuando pinto, con tus manos, olas en el mar,

me embarco en otros soles y no quiero despertar.

Cuando espero que mañana dejes de contar,

cuento los complejos que no te dejan escapar.

Cuando pongo el corazón y no quiero razonar,

razón me sobra para amar sin calcular.

 

 

MUJER EN TRES TIEMPOS

 

Ayer ,

ayer fuiste poesía, regalo, volcán, acierto,

amanecer de abanicos con alas de papel,

corriente en el agua, y en el desierto, vergel.

Hoy,

hoy eres cimiento, bálsamo, cuerda y laurel,

altar en el cielo, y en las noches, cuartel,

remanso en el río donde morir y nacer.

Mañana,

mañana serás todo aquello que tú quieras ser:

arsenal de unos ojos que no me dejan crecer

o bosque de versos donde me quiera perder.

 

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LA MUJER DEL CUENTO

 

Los caminos son los cuentos

que nos quedan por contar,

y las vidas que vivimos

las que nos hacen caminar.

Las ilusiones son las velas

que se encienden sin hablar,

y  los desengaños, las paradas

que nos enseñan a pensar.

Las palabras son semillas

en los campos sin sembrar,

los sentimientos son los ríos

que las hacen germinar.

Cuando pase mucho tiempo

y ya no te acuerdes del cantar,

cuando camino  e ilusiones

se abracen, a punto de encallar,

entonces sabrás lo que es la vida,

aunque nunca entiendas

lo que es morir en paz.

 

 

MUJER ENAMORADA

 

Que me bajen los techos del cielo,

ahora que llevo en mi cuerpo

tatuado tu nombre,

que cierren los grifos del mar

ahora que, abrasados, mis poros,

sucumben al calor de tus besos.

Que paren la vida

y detengan el tiempo

para que lo que hoy vivo

nunca sea recuerdo.

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COLLARES DE UNA MUJER

 

Todas las palabras que tus labios encadenan

son caricias de sirena, naufragando en alta mar.

Todos los rencores que siembras en tus días,

son veneno en esa herida que no te dejan respirar.

Todos los rezos y los cuentos

son muletas, son inventos,

que inventamos, con el tiempo,

para aprender a caminar.

Todos los silencios que te atan a los muros

son perchas donde cuelgas el dolor al despertar.

Todas las condenas que te impones a ti misma,

son escaparates para huir de otro cantar.

 

 

PORQUE TE QUIERO

 

Te regalo un amanecer,

un lagar de versos,

una calle sin nombre,

la tierra de nadie,

la esperanza de un cuento,

las orejas del mar,

las manos del viento,

los ojos de un volcán

que llevo aquí dentro;

un catre de rimas

donde cantan los cuerpos,

un racimo de soles,

un río de espejos

donde se arriesgan los peces

que hilvanan los sueños.

Te regalo el aire que respiro,

el pan que me alimenta,

el dios que me hizo niña,

mujer, madre y muerta,

la sinfonía de un reloj

que por ti perdió la cuerda,

los celos que me traicionan

cuando no estás cerca,

el frío de la soledad

y el deseo de una siesta.

Te regalo una puerta sin llave,

un jardín en el cielo,

las caricias que caben

en una noche sin dueño,

la mirada del otoño,

un guiño en el desierto,

la ilusión que se quiebra

en la yema de los dedos,

el repique de la rutina

en un rosario de ascensores,

las estrellas que pintamos

cuando nos invaden los temores.

Te regalo el arco iris de mis ojos,

la cremallera de un cometa,

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el hechizo de la luna

con los brazos en orquesta,

las alas de una mariposa

que ha perdido la vergüenza;

un billete de ida al corazón,

la cordura y la demencia,

una tarde embarazada

por un tren de mar y besos,

los abrazos que se escapan

añorando tu regreso.

Te regalo la sal que se amotina

en las preguntas sin respuesta,

los juegos de la infancia,

los duendes sin corbata,

los años sin maleta,

el ansia de mis manos,

engarzadas a tu espera,

las horas que me aguardan

y el tiempo que me estrena,

el fracaso que me espía,

las dudas que me acechan,

la conciencia que me esquilma,

el dolor de la obediencia.

Te regalo un colchón sin norte,

un huracán de versos blancos

galopando entre saetas,

el ansia de los hombres

que sueñan con ser dioses

cuando tejen sus banderas,

un enjambre de campanas,

un valle de abanicos

que recorten tus cadenas

y ensanchen tus caminos,

las vidas que me absorben,

la paz que me libera,

la suerte que me mira,

el mirar de la inocencia,

y, para el tiempo compartido,

ese que nos redime,

el que nunca nos perdona

y siempre nos enseña,

un libro sordo y ciego

con las páginas abiertas.

Te regalo un puerto de violines

el llanto de una marioneta,

la magia que se esconde

en un concierto de palomas

que reniegan del piano

para ser aire de trompeta;

el llanto amargo del invierno,

la letra pequeña que ocultamos,

el desgaste de cada día

donde morimos y nacemos,

la verdad que nos atrapa,

la miseria que escondemos,

los sueños que inventamos

para olvidar lo que sabemos.

Te regalo el miedo y la risa

de mi mundo pequeño,

y a cambio no pido nada,

sólo el calor de tus besos.

 

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MUJER LIBRE

 

Me gusta pensar que nací para ser alguien,

que alguien piensa en mí todos los días,

que cada día es un billete sin destino,

que el destino no diseña nuestras vidas,

que la vida la salvan los amores que inventamos,

que los inventos nos acercan a los dioses,

que los dioses son los sueños que nos faltan.

Me gusta creer que formo parte de ese  cielo,

que el cielo y el infierno lo labramos,

que soy labrador en los ojos que me miran

y una mirada de aquello que ignoramos.

Me gusta soñar que soy agua, sal y fuego,

sal para engarzar mi frío al de la tierra,

agua para derrotar la muerte en el desierto,

fuego para conjugar la noche con sus verbos,

noche para resucitar los colores del alba,

color para pintar la vida y crecer sin miedo.

Me gusta sentirme pasajero de la nada

y que nada me limite a lo perdido,

me gusta sentir lo que la vida me regala

y regalar todo aquello que he sentido.

Me gusta vivir siempre tal y como pienso

y no creer tan sólo en lo que vivo,

me gusta sentir y disfrutar la libertad

de ese mundo que nunca será mío.

 

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