Todos somos cómplices

TODOS SOMOS CÓMPLICES             “Niña de doce años, embarazada”. Rezaba el titular, sin nombre ni firma. Prendo la mecha y dejo que la pólvora haga el trabajo sucio.  Morbo y carnaza sin discreción.

            Más de mil adolescentes le habían puesto nombre y apellido. Sin dudarlo, le habían colgado todas las medallas a su alcance: calientapollas, pendón, guarra, puta. Algunos, llevados más por afán de protagonismo que por sus malas intenciones, alardeaban de habérsela tirado. Otros, para no quedarse atrás, aventuraban que el niño era de su hermano o de un vecino cuarenta años mayor que ella con el que llevaba liada mucho tiempo. La cuestión era echar leña al fuego.

            Durante una semana fue la comidilla de todas las bocas, el pensamiento de todas las cabezas. Todo el mundo disfrutaba  con el chisme, llevándolo y trayéndole, añadiéndole comentarios grotescos, inventado barbaridades y mancillando el nombre de la niña como el que decora un cuadro. Era una bola de nieve que iba engordando cuesta abajo, en la plaza, bares, colegios, tiendas y cocinas. No había lugar ni tiempo para la comprensión, la piedad o la discreción.

             Se hizo una revisión exhaustiva de árbol genealógico, hasta la cuarta generación. Se airearon todos los trapos sucios de la familia y se la condenó sin reservas. Algunos comentaron, sin pelos en la lengua, que aquello estaba cantado.  La mocosa era carne de cañón. Lo llevaba en los genes. Se lo estaba buscando. Era una golfa.

             Ajena a todo el protagonismo que suscitaba, Andrea, boca arriba, con los ojos pegados al techo, abrazaba su barriga. Cada día crecía más. Se sentía muy rara. Aquel renacuajo no dejaba de moverse. Estaba harta de tanta patada. Quería que todo pasara de una vez. Tenía miedo, mucho miedo.  Decían que lo de parir dolía mucho. Y era horrible pensar en tener un niño. Ella no se lo iba a quedar, no le gustaban. No entendía cómo se había quedado embarazada. Pensaba que eso sólo sucedía cuando lo hacías muchas veces seguidas. Todos sus amigos estarían de fiesta y ella allí, muerta de asco ¡Qué mierda! No… ella no quería un bebé. Una lágrima rodó por sus mejillas.

             Encendió la tele para quitarse aquel rollo de la cabeza. Sus ojos se abrieron de par en par. Un grito enmudeció en su garganta. No podía dar crédito a lo que estaba viendo. Allí estaban sus padres, vestidos de fiesta, contando su vida. Apretó los dientes con rabia y el odio se prendió en sus pupilas.

            Abandonó la cama y caminó despacio hasta la ventana. Contempló el atardecer y lo abrazó con sus manos infantiles.

            Diez minutos después, su cuerpo pequeño, dócil e inválido, se estrellaba contra el suelo de cemento.

            La luna, que es sorda y ciega, cree que todos somos cómplices.

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