Una invitación para el botillo

          La carta bailaba entre sus dedos como una mentira. Aquellos dedos largos, huesudos, atrincherados en  los anaqueles del olvido, retozaban entre el miedo masoquista, que su mente, torturada, les infligía  y el suicidio de unos ojos anónimos que sigilosamente se descolgaban de sus cuencas. Aquellos dedos que se habían manejado con soltura entre las  piruetas de la bolsa, demoliendo conciencias, fusilando verdades sin templo, rehabilitando memorias sin norte, aclarando el  color  mancillado del dinero, engranando traiciones, rizando el canto  de las barajas, alquilando  el olor de la justicia,… aquellos dedos que habían amasado febrilmente títulos, cargos, premios, homenajes, aplausos …que habían retado a la cárcel tantas veces,…ahora, agazapados bajo un yugo invisible, titubeaban, incapaces de domesticar la ansiedad que viajaba sin billete por sus venas. Un hueso atrincherado en la garganta, una catarata de ascensores repicando en un telediario, el gemido de las torres gemelas atizando las paredes del estómago y allá, en la estepa, un tren de cuchillos blancos, un tren que viajaba desde el infinito para enseñarle a morir despacio.  Había  llegado la hora de desnudarse ante el espejo. La muerte, que le había acechado desde las tómbolas y los púlpitos, que había compartido su mesa y su cama, ahora, irónica, se columpiaba sobre el filo de la navaja de sus días. Ahora era el momento de enfrentarse al latrocinio de la espera, con la impotencia del que se sabe vencido de antemano  y con el valor del que torea serenamente la vida hasta el descabello.

Incluso en aquellos momentos, con la soga al cuello, era difícil prescindir de la máscara, la eterna compañera que le había otorgado durante décadas impunidad para los agujeros negros de las conciencias, salvoconducto en el estraperlo de sus noches, y un seguro vitalicio para los días sin cuerda, esos días que, hastiado, vomita el calendario. El,, que había conseguido un poder físisco y mental sobre sus semejantes, que había cambiado el curso de la historia, fumigando girasoles inútiles, que había hecho de su vida un reto, un abordaje continuo,…el, un contrabandista de ideas que se refugiaba en su trabajo para no contemplar su vida, … el temblaba, acosado por las trompetas que barruntan la última batalla, esa batalla con la conciencia trashumante, la que escala sin permiso los lugares más inhóspitos, que erosiona y corroe las entrañas.                                                      

               En ocho días la carta  recorrió espacios infinitos,  donde la soledad echó raices y la desesperación  abrió surcos que  aguijoneaban las horas zarandeadas por la duda.  En ocho días su mente retrocedió cincuenta años y resucitó los mundos enterrados en la caja de Pandora, más allá de la niebla, donde aún amanecía un sol lleno de pájaros y esperanza; embriagado por ese deseo, el deseo de recuperar la infancia, que es la patria de cualquier hombre, engrasó las bielas y apretó las tuercas de un corazón herrumbroso, acomodado a los medios de información, planchado al gusto de las circunstancias, relleno de silicona para el discurso de turno y de levadura de cerveza para las negociaciones,…un corazón deforme, dúctil y maleable, con un cuarto alquilado en un desván ciego, donde las luciérnagas custodian el polvo de los telares.

  Paulatinamente, aquella angustia que desató la térmica de sus ojos y el arsenal que pacía entre sus labios, se fue diluyendo… y un gusano de seda, en su locura por ser mariposa, abrió un respiro en aquella cueva troglodita…y el hombre comenzó a ser humano, a contemplar con nitidez  la realidad del mundo y a identificarse con la suya.

Sus manos, dóciles, frágiles, pero firmes como las teclas de un piano, acariciaron el remite: “Bembibre” y alzaron el vuelo, como palomas furtivas, para tropezar con una sonrisa desahuciada  que añoraba la puesta de sol que se asomaba en el alféizar de sus ojos… y rasgó el sobre lentamente, temiendo despertar al niño que dejó dormido en ese sueño de campanas, frío, miseria  y besos…,ese niño suspendido en la penumbra de un farol de petróleo, en una palloza sin cielo, en unas galochas sin firma.       

Era una invitación para la fiesta del botillo. Tal vez había sido el propio diablo quien había ingeniado aquella estrategia para que su cuerpo y su mente se abrazaran sin vergüenza en un lugar donde el otoño, vestido de luces, se derrama en los castaños, donde las manos de sus hombres, maceradas por el carbón y el vino, sueñan con un tambor de miel donde cocer las penas y ahuyentar el frío. Si, tal vez quedaran fuerzas para ventilar ese cuarto oscuro donde se arrinconan los complejos, se apilan los miedos, se justifican los errores y se alquilan otras vidas para no ahogarse en las cárcavas del camino, donde el hombre, cuando el orujo requiebra en las venas, fusila todos los cuentos, jalona todas las curvas  y perdidas todas las tuercas, se desparrama porque ya no le sigue ni su sombra, entonces toca fondo, repta, maldice su suerte, quiebra sus neuronas en el canto de un euro, teje banderas  baldías y se  pega, como un chicle, a la multitud, para ser alguien, para hacer bulto; él también había quedado deshabitado, porque el hombre que no vive como piensa, acaba pensando como vive y  …se buscaba  en las lunas de los escaparates, en las otras caras..

    Era una mañana gris cuando le vi partir. Una maleta pequeña con los días contados. Parecía un castaño centenario, como los de su pueblo, un castaño invadido por el chancro; sólo llevaba un billete de ida, era  el principio de un viaje muy largo. Le despedí con la lluvia lamiéndome los ojos, estos ojos de madre condescendiente, los que le han visto rodar, reír, sufrir, equivocarse,  …los ojos de una gran ciudad, Madrid, esos ojos que todos los días se cierran y se abren velando por aquellos que se sienten huérfanos, por  los que deambulan por el metro, por  las calles, por los que, apoyados en una botella, van cerrando todos los bares, palpando el frío, el hambre, sin tener quien les riña ni quien los abrace. Me emocioné cuando me dijo adiós  desde Atocha, donde los raíles, testigos de la última masacre, aún lloran… y abracé por última vez su cuerpo yermo, necesitado de amor, y el aire gélido de enero acarició su mejilla ajada. Un caballo de hierro, compatriota de aquellos que acunaron tantos cuerpos masacrados un once de marzo, secuestró su mirada y me lo llevó lejos, muy lejos, al país de la infancia, al país donde  nunca se pone el sol.

 

 

       Bembibre- Le vi llegar arrancando el aliento al alba, con los ojos entornados, suspendidos en la música de otro invierno, con las manos bailando en los cristales, queriendo atrapar otras imágenes , con el cuerpo taciturno, reptando a través de la espiral del tiempo,…embebido en los recuerdos, con las ventanas abiertas de par en par y todas las velas desplegadas, dispuesto a aprovechar el viento favorable.

Bajó del tren  besando la tierra que languidecía bajo sus pies y sus brazos, desgranados como una mazorca, emprendieron un viaje sin retorno; un grito de júbilo jalonó su garganta y enmudeció el reloj de la estación cuando sus ojos se llenaron de lágrimas. Despertaron todos los registros de su cuerpo, los jilgueros salieron de su jaula  y, columpiándose en una liana de recuerdos,  fue escudriñando cada casa, cada esquina, cada piedra,  …restaurando los versos vividos, el olor a pimientos y castañas asadas, a carbón, estiércol y romería,…la música en la fiesta de Santiago y el chirriar de los carros de Yebra y de Pirolís, este último tirado por aquel podenco más viejo y famélico que Rocinante. Recordó los ojos gastados del animal, cuyas costillas se transparentaban y la angustia de su dueño temiendo el fatal desenlace,…¡y cómo ambos tiraban del carro!; esta vez no se rió, esta vez se sentía en la piel del caballo y…¡cuánto hubiera dado porque alguien le ayudara a llevar  aquella carga!.

Un remolino de tijeras acuchilló su cara sin afeitar,  de sus  cejas pendía una bandera a “media asta”, preludio de una noche sin dueño. Otro hijo que viene a morir en mis brazos- pensé- y observé los surcos de su frente, horadados por el vacío, el color macilento de sus labios,…el repicar de sus dedos, la angustia desmedida de sus besos, atrapados en la despensa de los años. Le tendí mi mano de lazarillo y le conduje hasta el río, ahora obediente y maquillado, antes lóbrego, adobado por la resaca del carbón  en los lavaderos; sus ojos  se detuvieron en las aguas, recordando el canto de las piedras durante las siestas del verano y luego buscaron, con la mirada, la fábrica de licores, la industria más floreciente del lugar, la que iluminaba la vida de aquel barrio comercial, donde los carros con mercancías, los rebaños de ovejas camino de los corrales, las vacas y caballos dispuestos a cambiar de dueño en las ferias del palacio y las mulas, burros, bicicletas, gente de todas las calañas, habitantes de treinta kilómetros a la redonda, que se daban cita los días de mercado en la plaza de la iglesia, todos ellos, como una riada, iban dejando su huella en cada vértigo de la calle. Todo aquello había quedado sumergido en el recuerdo, cristalizado en las fotos de los libros, esas que se contemplan desde la distancia cuando se le quiere sacar  el jugo  a una vida que se escapa sin aprobar las asignaturas pendientes. Tan sólo la Obrera, El Casino y la casa más hermosa de la villa, la casa de D. Pepe  Cubero, parecían desafiar al tiempo.. Su mirada acarició la soberbia fachada, ,insobornable como la muerte , y luego se detuvo en la casa de Villarejo y su jardín desolado…y por un momento, para soportar la embestida de la fiera que llevaba dentro, buscó una tiara donde apoyarse, pero fue el suelo quien le recibió con los brazos abiertos; una plegaria se meció en su boca al recordar las fiestas del Cristo y la salida del Santo, cada siete años,….y recordó la procesión calle arriba, con las casas espiando sus pensamientos, no siempre acordes con el acto religioso,…la mano de su madre reteniendo la suya…y en el bolsillo del pantalón,  dos canicas de barro.

El tráfico, insolente, le despertó de su letargo y atravesó las calles dejando un rosario de toses mendigando salud en la plaza; camino de la Villa Vieja, el barrio donde nació, un barrio de labradores y mineros, de casas con corral y  boñigas, soñaba con el repollo, las castañas y el tocino ahumado, con el frío, los sabañones, la paja y el barro, con las uvas en el lagar y las galochas de septiembre a mayo. Ya  nada era igual, ni las esquinas le contaban ninguna historia. Reseca la garganta por el sabor agridulce de un volcán que se derrama sin mesura, buscó la Bodega de Ornija y la de D. Gabino, pero no pudo ubicarlas. Llegó hasta los antiguos corrales y desde aquel sembrado de casas, oteó el Pradoluengo, antes viñedos y campos de cereal y todo aquel amasijo de huesos se zarandeó como una hoja, preso de la emoción al recordar los revolcones en las medas  durante los veranos y las piruetas en el hielo de la reguera.

                Sus pies se encaminaron al cementerio, añorando la sombra de su padre, siempre pegada a la suya y recordó, con amargura, que sus pasos y el último aliento, al igual que los planes para aquel domingo y para  una vida, quedaron sepultados en el pozo de Arlanza, propiedad de D. Avelino Alonso,y que la rabia y la impotencia que se instaló en sus puños aquel día fue creando un callo del que jamás se deshizo. En lugar del  cementerio, una residencia de ancianos le regaló un guiño cómplice, sabedora de que jamás lo tendría como cliente. Camino de regreso a la plaza, buscaba  su reflejo en las otras caras, el gesto de aquellos que fueron sus amigos y echó de menos  la risa fácil del  Tulete, con el que iba a bañarse en verano  al pozo de los Barrancones, en el barrio de La Fuente, el barrio de los pescadores y artesanos; en ese momento su rostro se vistió de luces recordando la fiesta de Sta. Ana y la de la Virgen del Carmen, en San Román, donde conoció a Luisa., …y el mercado del Corpus con su movimiento de carretas, mercancías, aperos de labranza,  patatas, fruta, títeres y caramelos, un ambiente mágico para aquella plaza  que recogía los gritos infantiles, mezclados con los de Rufa, cuando jugaban a los contrabandos,  que nunca entendió aquella consigna de “alto, ministro, zaragozano, contrabandista”, que disfrutaba con el cosquilleo de las canicas en su lomo, con el baile de la peona en su barriga cuando jugaban al riasgo y con los zurriagazos que le propinaban a la pobre peonza cuando jugaban a la cayomba. Sus pupilas abandonaron los soportales para refugiarse en  el solar donde las máquinas excavadoras, dinosaurios de hojalata, trituraban la tierra que abrazó durante años las columnas del Cine Merayo, donde se  vendían los sueños a dos reales. “El Zorro” pintó las tardes de aquellos muchachos que huían durante unas horas del frío y la miseria, los niños de la postguerra que curtían en la calle el luto de sus casas. “Fumando espero…”,con Sara  Montiel, marcó un hito en la vida de aquellos adolescentes  y más de uno aquella noche mojó la cama, pero fue D.Ricardo, el cura, que custodiaba las almas con mucho celo, quien les condenó eternamente al infierno en el sermón del domingo, a él y a todos los que habían sucumbido a la tentación del demonio, encarnado en una mujer fumadora. Aquella vez no hubo risas ni comentarios, pues conociendo al vicario, acostumbrado a descender del púlpito en plena homilía y propinarle una colleja al parlanchín de turno, retomando luego la misa como si tal cosa, no era cuestión de tentar a la suerte, porque, a juzgar por la crispaciòn de la cara y aquella mirada de pirómano, era más que peligroso aventurarse con ninguna gracia. Y es que D. Ricardo era toda una institución, hasta las ratas le tenían respeto; su casa, una de las pocas que aún permanecían en pie, marcaba los límites del pueblo…y fue allí, donde sus ojos se escaparon de las órbitas, donde su mundo había sucumbido bajo el cemento y la urbanización; la escombrera, hoy un parvulario y la plaza de Sta. Bárbara por la que en otro tiempo discurrió una reguera que, como una cremallera abierta, acuchillaba el pueblo hasta el puente de Mojasacos, constituían los territorios donde se ensamblan los días de los niños que no quieren crecer, esos días llenos de resbalones, patinando por el hielo, los días de las guerras de bolazos, cuando las nevadas, copiosas en aquellos años, servían no sólo para cambiar el paisaje.

             Cruzó el Parque Gil y Carrasco, en otro tiempo viñedos, para encontrarse con el alambique de orujo de Pepón, pero también se lo habían arrebatado, como los campos de cereal, los prados y los castaños y recordó, con nostalgia, las uvas de D. Ramón, el boticario,   el robo del tempranillo, las uvas de mayor calidad, lo cual suponía un ejercicio de estrategia coordinada a fin de distraer y controlar los movimientos del guarda Cataforras, porque, como te cogiera “in fraganti”, eras “perdiz muerta”, la propina que te dejaba no era precisamente calderilla. Tropezó con el campo de fútbol y sintió el balón primero que bailó  entre sus pies: se lo hizo su abuelo con una vejiga de cerdo.;…qué mundo tan entrañable, el mundo del pite y la ganduza con Juanito y “el pulgas”, allá, en el palacio, las fiestas de S. Isidro, patrón de los labradores…¡ ese mundo que  ya no te pertenece!.

 Recordó la escuela y a D. Emilio  Basanta, experto en aplicar una buena  balimba en cuanto alguno llegaba tarde o hacía alguna pifia; la máxima de “ la letra con sangre entra”, parecía hecha a su medida y zurcía la badana a base de bien, sin contemplaciones. Su compañero, D. José, era más diplomático y comprensivo. Así, aprendió la diferencia entre ser querido y ser temido y curiosamente eligió para su vida lo segundo, no sabiendo muy bien si la razón se basaba en la carencia de lo primero o el miedo a que los demás le juzgaran débil y no le respetaran.

Todas las tardes, desde el  Santo hasta la plaza, por la carretera general, en la que se alternaban los coches cada media hora, iban las rosconas  puliendo todas las piedras que,  ya de lejos,  esquivaban sus caprichosos devaneos; aquellas tapas de las botellas de vino y de gaseosa  habían propinado al que más y al que menos unos cuantos tirones de orejas, al igual que los boletos, donde las suelas de goma recortadas en forma de discos removían el polvo bajo las arcadas y los santos de las cajas de cerillas iluminaban al más listo.

 Calle arriba ,calle abajo, sus  pies , cercenados por el asfalto , buscaban con empeño el almacén de Campano, la zafra de aceite en Tirantines, las mantas que su madre compraba en Aurora, las patatas de El Molinero, los zapatos de charol de Bermejo, la bufanda de Paja, pero ninguno de sus deseos asomó al brocal de su pozo estrecho para brindarle un poco de calor o un vaso de agua  en  aquella tarde que acortaba sus pasos

Ensamblando los últimos recuerdos que roturaban  su alma como aquellos arados de hierro  los campos de trigo, musitó una frase regalada que abortaba en los cristales de todas las casas: “ Hay que construir un puente, desde el Montearenas, que nos una a Villafranca….,un puente.”…..Tal vez  nunca pudo terminar aquella frase, que todavía circula por la memoria de muchos lugareños, porque esta villa  había  sido ese puente deseado que le había ayudado a conciliarse consigo mismo, a morir despacio sin miedo al dolor, a tomar la última copa, sin olvidar la primera.             

Una hora más tarde su cuerpo, frágil, como una gavilla, se desgranó  en un banco sin nombre y se encendieron todas las luces, pero nadie identificó su rostro. Le enterraron  dos días después, con las manos aferradas a un papel, a una entrada para la fiesta de EL BOTILLO. Nadie comprendió nunca la razón por la que un hombre muere abrazado a una invitación, nadie se para a pensar que a veces las cosas que nos parecen más simples marcan nuestras vidas.

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