El flautista de Amancio González

FLAUTISTA DE AMANCIO

     

         Tiene el gesto triste y ausente, como si la vida le pesara demasiado, pensaba la abuela acariciando con la mirada todos los perfiles.

           Cada tarde, cuando el sol jugaba en el patio de la luna, la sexagenaria conversaba con el flautista y desgranando sus miserias, le abría su corazón. Pronto llegó a ser tan necesario como el comer. Las miradas se convirtieron en caricias.

           El flautista, emocionado, decidió componer una hermosa melodía para aquella mujer que le hacía sentir vivo. Desde entonces, la música  fue su lenguaje.

          Un mes después, sus ojos lo buscaron con avidez, pero el flautista había desaparecido. Sus pupilas, huérfanas de soles, se hundieron en un mar de lágrimas. Un grito callado expiró en la garganta. Se quiso morir. Su corazón parecía fundirse con la puesta de sol en una larga noche, cuando una hermosa melodía invadió todos los registros de la anciana. De nuevo sintió la caricia del flautista sobre sus arrugas. Suspiró profundamente. Nadie le arrebataría nunca la emoción de sentirse viva y amada.

 

          Un hombre quiso escribir un poema con su vida, pero sus sentimientos no cabían en las palabras. Intentó ponerle música a sus sueños, pero ninguna partitura leía el dolor de su corazón.  Con los pies en el suelo y los ojos en el cielo,  sus manos dieron forma a un flautista, hecho de errores, ilusiones, frustraciones, esperanzas y desengaños. Lo aderezó con un rayo de luna, la sombra de un muerto y el grito sordo en el corazón de un lagar.

       Algunos lo contemplan como un amasijo de hierros en movimiento, otros como el poema de un hombre que escribe su melodía en los ojos del tiempo.

       “El mundo de la realidad tiene sus límites. El mundo de la imaginación es infinito”

                                                                                                                                    Rousseau.

        Amancio González es un escultor de espejos en la fragua de la vida, un artista que asalta nuestros pensamientos, que se desliza a través de los sentidos para evidenciarnos el dolor de la soledad, la apatía y la falta de solidaridad del ser humano, que nace y muere sólo.

       “El trabajo del artista es profundizar siempre el misterio.     F. Bacon

        Se dice que la libertad está en ser dueños de la propia vida.  La fuerza de su obra nos recuerda a los clásicos, mientras que la ejecución y los materiales elegidos evidencian el dominio un artista versátil para el que la figura humana es una asignatura siempre inacabada. El dominio de formas y volúmenes pone de manifiesto la actitud de un escultor que mide la vida desde su interior.

          “La musa más poderosa de todas es nuestro propio niño interior”.

                                                                                                        Stephen Nachmanovitch.

           La intuición y las sensaciones viscerales son el detonante de nuestras emociones, almacenadas en los recuerdos, un patrimonio de sabiduría y sensatez, una capacidad o habilidad de nuestra conciencia que desestimamos en muchos casos por considerarla irracional.

            La intuición de Amancio González a la hora de concebir sus obras es la guía que le conduce hacia si mismo por ese terreno pantanoso en el que navega la necesidad de reinventarse.  Esa búsqueda, siempre inconclusa, genera angustia e infelicidad. Pero como diría Erri de Luca, el descubrimiento de la infelicidad sirve para decidir sobre uno mismo.

           “El cuerpo humano es el carruaje, el yo, el hombre que lo conduce, el pensamiento son las riendas y los sentimientos, los caballos”.

                                                                                                                                      Platón

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