EL JARDÍN ANIMADO

El jardín animado(2)

LUIS MORO

EL JARDÍN ANIMADO

     “No podemos poseer el poder y la magia de este mundo, están siempre a nuestra disposición, pero no pertenecen a nadie”        Chogyam Trumgpa

      A lo largo de la vida, el hombre busca su realización personal, comprender y comprenderse.  Rara vez acepta sus limitaciones porque asume como fracasos los errores y no como aprendizaje y difícilmente admite que todas las cosas tienen carácter propio y que son iguales en cuanto a su verdad. Y es que sólo el mundo se presenta transparente para el hombre que se muestra como es, porque la luz debe venir de dentro y quien contempla la Naturaleza solo encuentra aquello que antes ha puesto en ella, ya sea amor, fe, dolor, esperanza o rechazo. Y entre los hombres transparentes, son los artistas los que, a través de la obra de arte, ponen de manifiesto esa comunión. Luis Moro, hombre transparente y pintor de transparencias, nos evidencia, a través de su exposición, EL JARDÍN ANIMADO, los secretos de ese mundo sensual, efímero y multicolor, un mundo sin fronteras, libre y fuerte, en el que nos erigimos como reyes, siendo tan sólo esclavos de nuestras leyes. Produce una inmensa tristeza pensar que la Naturaleza habla mientras el género humano no escucha, decía Víctor Hugo.

       Cada día el ser humano sigue con su rutina, olvidándose de existir. La mayoría sobrevive, sin darle un valor a su vida, sin comprender que el ahora es esencial y que incluye un universo cambiante. La vida es más ligera que una mariposa y la muerte más pesada que la cordillera andina. Y así, llevado por la magia liviana del vuelo y la quietud, la belleza sublimada de aquello que pasa desapercibido, Luis Moro nos destapa, con una estética muy cuidada, ese mundo tan cercano y tan ajeno, en el que la vida se abre camino, porque el artista es aquel que en su obra refleja su actitud frente a la vida, a la que contempla con actitud estética, inducida por el deseo de comprenderla y descubrir sus secretos. El pintor se funde en cada cuadro y sus ojos, escrutadores de  universos invisibles, van gestando, en cada parto, toda su belleza, con la fuerza que sólo un amante de la Naturaleza puede imprimir en cada obra, porque, como diría Rodin, el arte es el placer de un espíritu que penetra en la naturaleza y descubre que también ésta tiene alma.

       Si es cierto que la Naturaleza no hace nada en vano y que en ella nada es superfluo, no es menos cierto que ha puesto en nuestras mentes el deseo de conocer la verdad, descubrir sus misterios e interpretarlos. Y así, el artista, movido por ese motor que le empuja en su propia creación, desarrolla lo que la Naturaleza no puede hacer, si bien, para hacerlo, se sirve de ella. Luis Moro, testimonio de que el arte es el hombre añadido a la Naturaleza, como diría Van Gogh, sabe que tanto el arte, como la gloria son efímeros y que sólo la naturaleza permanece. Consciente de que,  cuando el hombre la toma como guía, descubre su verdad, ha decidido desmantelar los límites que los humanos, en favor del progreso, ponemos a nuestras vidas, en contrapunto con la belleza, fuerza y simplicidad de los pequeños seres, dueños del planeta. Y lo hace, como buen conocedor de su oficio, con un dominio extraordinario de la técnica y del color, sirviéndose de papel, lienzo o tabla, utilizando acuarela, óleo, acrílicos, collages sobre dibujos, serigrafías e infografías, contemplando y reflejando, con sus transparencias y sus trazos vigorosos, la fuerza y el poder de los débiles, el engranaje, vestido de gala, del mundo animal. Sobre un fondo en blanco, que nos recuerda al laboratorio aséptico, nos desvela los secretos de ese mundo que nos asalta bajo la lente, un mundo apenas perceptible donde late la vida con toda su expresión.

     La regla fundamental de la Naturaleza es el cambio, la mutación. Vivimos para cambiar y cambiamos para vivir. Nuestro cuerpo va cambiando, al igual que nuestra mente, siempre renovada, dispuesta a aprender. Morimos cuando perdemos la curiosidad. Y vivimos cuando, ligeros de equipaje, seguimos el orden cósmico, tan cambiante como la vida, porque el instinto presente crea la cadena de las interdependencias. Este punto incluye al conjunto de los fenómenos cambiantes, las existencias impermanentes, todo el cosmos. Y es el cambio, la experimentación lo que dice del artista, lo que evita su muerte como tal. Luis Moro, un pintor que aúna experiencia e innovación, investigador infatigable de materiales y técnicas, un hombre que deja su huella junto a su pensamiento en cada obra, nos abre la puerta del mundo de las emociones, postergado en  favor de la técnica. La Naturaleza es un libro que nunca envejece, si se sabe analizar, sentir e interpretar, sólo cuando la contemplamos de forma rutinaria y bajo ciertos parámetros nos limitamos y cuando la abandonamos, caemos en la frialdad y la deshumanización del arte.

     Decía Homero que entre todas las criaturas que se arrastran y respiran sobre la tierra no hay ninguna más desdichada que el hombre. Y llevar una vida coherente, como diría Goethe, es más sencillo de lo que se puede pensar. Se trata de sumar en lugar de restar y de unir en lugar de separar. Pero es nuestro orden jerárquico de valores el que labra nuestro cielo o nuestro infierno.

    “Cuando sentimos miedo de nosotros mismos y el mundo nos parece amenazador, nos volvemos extremadamente egoístas. Entonces intentamos construir nuestro pequeño nido, nuestro propio capullo para vivir solos y seguros.

                                      Chogyan Trungpa

       Luis Moro es un hombre que mira de frente a la vida, que sabe que la mayor pérdida no es la muerte, sino lo que muere en nosotros cuando estamos con vida, consciente de que todo resignación es un suicidio, un pintor que se mide y reconoce ante el abismo, que lo sondea y baja a él, como diría Pavesse, un artista que busca la verdad más allá de sí mismo, consciente de que el pensamiento es un pájaro del espacio que en una jaula de palabras, puede abrir las alas, pero no puede volar.  ( khaht Gibran)

    Y de tal manera, consciente de que hay instintos más poderosos que la razón, instintos sublimes y profundos sobre los que se asienta la esperanza, privada de toda sensatez, instintos como el deseo, que se erige en el motor del creador para transformar emociones en obras de arte, Luis Moro, poeta del color y la sensualidad, nos presenta esta exposición, EL JARDÍN ANIMADO, alegoría de la vida, en la sala de exposiciones Ángel Cantero de León, hasta finales de Junio, porque  el atributo humano más significativo es la capacidad para hacernos a nosotros mismos, no como esclavos de un destino, sino como forjadores del mismo. Nuestra capacidad de adaptación nace, se hace y se aprende. Y con ella, nos recuerda que el hombre será más elevado, humano y sensible cuanto más capaz sea de enriquecerse esforzándose en sentir, comprender y aportar a la Naturaleza, al todo, al Absoluto, donde su vida, pequeña, limitada y localizada, pero importante,  funciona.

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