REVISIÓN DEL PAISAJE

Javier Rueda y su obra

     “Todos vivimos en un poema en el que cada día intentamos descifrar el mundo en el que vivimos.” Mircea Cartarescu

Decía Fernando Palmero que la Filosofía pretende satisfacer tres necesidades: de conocimiento (de uno mismo y del mundo), de orientación práctica, (descifrar lo bueno y lo malo) y de ser felices. Es curioso e inexplicable que, siendo tan esencial en nuestras vidas, se postergue en favor de la productividad. Tal vez sea una estrategia diseñada por los gobiernos para estandarizar al personal, manejándolo, a su antojo, a través de los medios de comunicación, y así anular su capacidad para pensar y decidir por sí mismo.
Hoy en día se valora el éxito y el dinero y se identifica con felicidad, aunque la gente reconoce que sólo es feliz en contadas ocasiones. Es imposible modificar los resultados de una vida si no cambiamos de estrategia. Pero el sistema nos exige, a diario, ser más competitivos para conseguir más poder y llegar más lejos. No nos habla del precio que tenemos que pagar por ello ni de la destrucción emocional que sufriremos en el intento. Y es que la mente puede estar muy lúcida, a pesar de la tiranía a la que la sometemos, pero el cuerpo guarda memoria.
“Las cosas son los límites del hombre” Nietzche
Vivimos para trabajar y trabajamos para adquirir más bienes, sin ser conscientes de que éstos marcan nuestros límites. El tiempo y no el dinero es la divisa de nuestra vida y la alegría de ver y entender el don esencial para conseguir la ansiada felicidad. Pensamos que la capacidad de emocionarnos ante un hecho o una obra de arte nos etiqueta como débiles, pero es un síntoma de humanidad. Y es el arte, que se erige como conector entre nuestro interior y el mundo, el que nos hace humanos.
El camino es grande, el Cielo es grande, la tierra es grande y el hombre es grande. Por eso, afirma Lao Tsé, el hombre es uno de los cuatro grandes del mundo.
La búsqueda es lo que confiere valor al hombre y su valentía no reduce el miedo, sino que lo supera. Poeta, decía Mircea Cartarescu, es el que toca un misterio, el que busca sus límites a través del lenguaje. REVISIÓN DEL PAISAJE, la exposición que reúne a doce creadores en la galería Ángel Cantero y que se puede disfrutar hasta finales de enero, nos ofrece, a través de diferentes lenguajes, la múltiple visión con la que el hombre observa e interpreta la Naturaleza.
La atención te conecta con los demás y te enseña a reinventarte, a descubrir visiones muy distintas de un tema común: el paisaje. Así, Juan Rosales, con sus escaleras mágicas, nos desvela el acordeón de la vida, un trabajo fotográfico donde el estudio de la composición, la luz, la fragmentación de la obra y la asimetría axial propician un caudal de emociones. Alfonso L. Hidalgo, con su réquiem y resurrección del paisaje, evidencia, a través de la creación de atmósferas, el estudio de la luz y una pincelada ágil, limpia y sugerente, la comunión de su mundo interno con la Naturaleza, cabalgando místicamente entre lo figurativo y la abstracción. Las geometrías de Luis Repiso nos remiten a un juego de líneas y planos de color. El paisaje figurativo de Fernando Aguayo, donde se respira con dificultad a través de un cromatismo frío reducido y una atmósfera densa, deja entrever el armazón de la composición y un gran poder gestual en la ejecución. La obra del fotógrafo Antonio Guerra, en la que aúna esos dos mundos que le definen y le obligan a dejar una huella inequívoca en sus juegos con el paisaje, nos sorprende. Descubrimos las composiciones de José Antonio Quintana, un pintor con extraordinario dominio técnico, donde veladuras y transparencias juegan entre vacíos dinámicos donde emerge la mirada de un artista seguro de sí mismo y con una fuerza inusitada. María Guerras, con su sensibilidad exquisita, nos presenta una obra minuciosamente trabajada. Completan la exposición Agustín García, Juan Rosales, Diego Beneítez, Pablo Caurel y Guillermo Simón, cuya obra, rica en matices y de limitado cromatismo, aúna movimiento y fuerza, luces y sombras, romanticismo y expresionismo abstracto. Por último, si es verdad que el aliento de la vida está en el sol y la mano de la vida está en el viento, según Khalil Gibran, la obra romántica de Javier Rueda, artista invitado y buen conocedor del oficio, nos desvela, aunando sol y viento, el alma del paisaje. A través de un extraordinario dominio del dibujo, un estudio minucioso del lenguaje de la luz y de la composición, siempre muy cuidada, de su elección cromática y sus empastes, de su limpia ejecución, el artista, en su eterno retorno, nos devuelve los paraísos perdidos derrochando poesía.
Decía Nietzsche que el que nos encontremos tan a gusto en plena Naturaleza proviene de que ésta no tiene opinión sobre nosotros. Y nos recomienda Edmund Burthe que todos debemos obedecer a la gran ley del cambio, porque “todo pasa y todo vuelve, eternamente gira la rueda del ser. Todo muere, todo florece, eternamente se desarrolla el año del ser. Todo se rompe, todo se reajusta, eternamente se edifica la morada del ser.
Ojalá pudiéramos vivir del perfume de la tierra y, como planta, sustentarnos con la luz” Khalil Gibran.

 

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