CUANDO MIRO LA MÚSICA

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CUANDO MIRO LA MÚSICA

María Díez

“Recuerda que la información no es conocimiento. El conocimiento no es sabiduría. La sabiduría no es verdad. La verdad no es belleza. La belleza no es amor. El amor no es música. La música…la música es lo mejor.” Frank Zappa

Decía Diane Arbus que una fotografía es un secreto sobre un secreto y que cuanto más te cuenta, menos sabes. Desmantelar esos secretos que se intuyen en un gesto, una mirada, un movimiento es labor ardua del ojo que se mueve tras la cámara. Y lo esencial es pasar desapercibido para que el modelo se olvide y se desinhiba dejando a la luz su esencia porque, si sabes esperar, la gente se olvidará de que existes y entonces su alma saldrá a la luz. De igual manera ritmo y armonía, que afirmaba Platón, encuentran su camino hacia nuestro interior, liberándonos de las angustias y las decepciones, de los problemas y adversidades de la vida y generando nuevas energías, porque la música no deja de ser la taquigrafía de la emoción, según Tolstoi. Y emociones son las que María Díez rescata para nosotros a través de su exposición CUANDO MIRO LA MÚSICA, donde aflora ese mundo encriptado en el corazón de aquel que se deja invadir por su magia.

El ser humano es un creador por esencia y por excelencia, pero así como la música tiene un poder intrínseco para seducirnos, la fotografía es capaz de desnudarnos. El poder de ambas es enorme, pero siempre necesita de una sensibilidad para cobrar vida. Ya confirmaba Bono, líder de U 2, que la música puede cambiar el mundo porque puede cambiar a las personas y, de igual manera, muchas fotografías nos han tocado el alma y nos han hecho más humanos, más solidarios, con mayor conciencia ambiental y social, más tolerantes y más sensibles al dolor ajeno, porque una fotografía no es una mirada, es una forma de mirar y así nos lo revela María Díez en su exposición CUANDO MIRO LA MÚSICA, quien habla a través de su obra, porque al igual que la música, la fotografía es un lenguaje universal, profundo, donde las palabras no son necesarias para comunicar un sentimiento, una emoción.

La vida en si no es la realidad. Somos nosotros quienes ponemos vida en piedras y guijarros, afirmaba Frederick Sommer, y en verdad el fotógrafo es ese mago capaz de iluminar los pequeños detalles, conmovernos con ese gesto, desvelar el dolor, la angustia, el miedo, la tensión, el goce que se esconde en lo profundo de nuestra alma. Y es que así como el lenguaje más famoso y popular del mundo es la música y que sin ella la vida sería un error, que confirmaba Nietzsche, el juego de luces y sombras con los que nos habla el fotógrafo en su obra evidencian el juego de la vida y nuestra capacidad para ver el vaso medio vacío o medio lleno.

María Diez nos recicla y resucita con esta muestra en la que evidencia el placer por los pequeños detalles, destapa las emociones dormidas que bostezan en el trastero de nuestra memoria, nos atrapa en esos planos donde asoma el gesto sin maquillar, en las composiciones en las que la luz juega con la vida, nos hace vibrar con la poesía que se respira en las atmósferas, nos transporta, como notas trashumantes, a otras partituras, porque la música es amor buscando palabras, que diría Lawrence Durrell. Todas sus obras son poemas rescatados del infinito, fragmentos de esperanza en cielos quebrados, melodías de silencio y sacrificio que bullen en la yema de los dedos, suspiros errantes en el paladar del tiempo, porque la música, que afirmaba Leonard Bernstein, y nuestra artista corrobora, puede dar nombre a lo innombrable y comunicar lo desconocido.

Es evidente que María lleva la música en el alma y quien lleva la música en el alma puede ser escuchada por el universo, según Lao Tzu. Su obra fotográfica, CUANDO MIRO LA MÚSICA es prueba de ello, porque ella a través de sus fotografías, al igual que Richard Avedon, puede hablar de manera más intricada y profunda que a través de las palabras.

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