CAR LEÓN

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“La finalidad del arte es dar cuerpo a la esencia secreta de las cosas. No el copiar su apariencia”
Aristóteles

             Hoy en día está en boca de todos Steven Pinker, representante del optimismo ilustrado, defensor de la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso. Y cuando nos preguntamos por este último, nos lo define como algo que se puede medir y representar. “La mayoría de la gente estará de acuerdo en que la vida es mejor que la muerte; la salud es mejor que la enfermedad; la alimentación mejor que el hambre; la paz mejor que la guerra, la seguridad mejor que el peligro; la libertad mejor que la tiranía; la igualdad de derechos mejor que la discriminación; el conocimiento mejor que la ignorancia; la inteligencia mejor que la contemplación aburrida del mundo; la felicidad, mejor que la miseria; la posibilidad de disfrutar de la familia, los amigos, la cultura, la naturaleza, mejor que un trabajo penoso y monótono. Eso es progreso”. Tal vez esta medida del mismo sea simple y se obvie la competitividad, la deshumanización, la falta de empatía y solidaridad, así como la soledad y la tiranía que conlleva la otra cara de la moneda.
La competitividad desangra al hombre. Ser uno mismo en un mundo diseñado para iguales es nefasto para el crecimiento personal. Se impone la estandarización porque es rentable en un sistema donde lo que prima es el control del grupo. A través de las tarjetas, móviles, ordenadores y demás tienen controlados, no solo nuestros movimientos, sino también todos nuestros deseos y negocian con ellos. Si es verdad que a un hombre se le puede robar todo menos la última de las libertades, que consiste en la elección de su propia actitud ante cualquier tipo de circunstancia, es muy difícil ejercerla cuando el control es tan férreo y es que, como afirmaba Emerson, ser uno mismo en un mundo que constantemente trata de que no lo seas, es un logro.
Cada hombre lleva en su interior un universo y vivir es nacer poco a poco, ir pariendo cada constelación. Sería demasiado fácil si pudiéramos pedir prestadas almas preparadas, afirmaba Antoine de Saint Exupéry. La constancia es lo que nos define, ya que la excelencia no es un acto de un día, sino un hábito y, aunque se ambiciona el éxito, sólo se consigue cuando la preparación y la oportunidad coinciden. La identificación del mismo con la felicidad es un error. La tenacidad y el valor que supone levantarse tras la caída es lo que define a los luchadores. Y luchadores en busca de superación son los deportistas del Centro de Alto Rendimiento de León al igual que los fotógrafos que, en esta muestra, van escrutando su esencia. Y es que, al igual que una buena fotografía se obtiene cuando uno sabe pararse y dejar que el retratado se desinhiba y se olvide de que está siendo observado, la medida de un deportista no debe basarse en los logros obtenidos sino en su capacidad para dar lo máximo de sí mismo. La diferencia entre lo imposible y lo posible depende de la voluntad de un hombre. Tommy Lasorda
Decía Heywood Broun que el deporte no construye el carácter, sino que lo revela y nos confirma Carl Mydans que uno se convierte en fotógrafo cuando ha superado las preocupaciones del aprendizaje y en sus manos la cámara se convierte en una extensión de uno mismo. Entonces comienza la creatividad y esto es lo que evidencia esta exposición en la que Alejandro Torán, Javier Casares, Julia G. Liébana, Gabriela González Agelán, Miguel Ángel Sánchez, Cosme Paredes, marc Green Base, David Iturregui y Chema Alonso van abriendo puertas del pasado y tendiendo un puente hacia el futuro a través de su trabajo, porque la fotografía, aunque no puede cambiar la realidad, sólo mostrarla, ayuda a las personas a ver más allá de las imágenes. Y es que lo esencial es invisible para los ojos, se ve con el corazón. Si bien es cierto que un atleta no puede correr con el dinero en sus bolsillos, según Emil Zapotek, tanto fotógrafos como deportistas deben trabajar con la esperanza en su corazón y los sueños en su cabeza.
El deseo es lo que mueve al hombre y la perseverancia la que puede cambiar el fracaso en un logro extraordinario, porque los errores no deben limitarnos, sólo sirven para reconocerlos, aprender de ellos y olvidarlos. La adversidad es lo que nos mide y según William Arthur Ward, la responsable de que algunos hombres se rompan y otros rompan sus límites.
CAR LEÓN, una muestra donde descubrimos retratos rotundos, donde la acción, la fuerza o la delicadeza evidencian la sensibilidad del ojo que se mueve tras la cámara, obras donde el sentimiento grupal es lo importante o donde el silencio y la quietud evidencian el ansia contenida y la concentración, otras donde el juego de luces nos descubren esos momentos álgidos donde se detiene el tiempo y otras donde el color y la potencia de la imagen llenan nuestra retina. Todas ellas ponen de manifiesto el deseo de superación que mueve al hombre y nos recuerdan el mensaje de John Wooden: No te midas por lo que has logrado, sino por lo que debería haber logrado con tu capacidad.

QUE NINGÚN DEDO TE TAPE EL SOL. Concierto- recital

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QUE NINGÚN DEDO TE TAPE EL SOL

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QUE NINGÚN DEDO TE TAPE EL SOL

Quien escribirá versos en tus ojos cuando la noche cierre sus pestañas?
Uncida al miedo, pintas mariposas en el paladar de los estanques.
Encallas en el patio de la luna y un mar de piedras juega con tus alas.

Nunca el tiempo escaló por tus deseos como la impotencia por tus manos.
Inventas paraísos alquilados mientras el corazón se escurre por el fregadero.
Navegas por cielos de amargura que pacen en los hangares de tus venas.
Guardando, celosamente, ese tren de pan y besos que suture tu desdicha.
Un caballo, desbocado, galopa por sus hombros, amarrados a la espera.
No hay tiempo para desandar la vida cuando el sol retoza entre nubes de cemento.

Danza el sufrimiento en tus neuronas mientras el cielo camina cuesta abajo.
Embriagada por la duda, la esperanza, taciturna, ondea en el exilio.
¿Dónde escondes el peso de la culpa que navega, boquiabierta, por tu espalda?
Olvidas la verdad que te devora y te eriges en piedra del paisaje.

Tuneas las razones de tu vida que se escapan, como plumas, de tus manos.
En el ocaso de tus ojos, ebrios de soledad, cabalga el sol en bicicleta.

Te abrazas a la tierra que te vio nacer para morir entre sus besos.
Asumiendo el amargo sabor de la rutina, el llanto acaricia la nieve bajo el sol.
Peina versos la locura ante el huracán desatado en el cielo que la mira.
Enferma la razón mientras el tiempo juega al escondite con la vida.

En el lienzo de la noche, dos luceros, disidentes, van pintando la mañana.
Llueve y en el mar de golondrinas, pegadas a tu boca, acecha el desaliento.

Susurra, desangrado, el corazón, en las esquinas de una cama.
Oculto, tras el miedo, el dolor huele a canción, idioma, poesía.
La tristeza rezuma en tus pupilas e invade la ceguera de las mías.